Filosofia: Cioran - El Inconveniente de Haber Nacido - Parte 27 - (De l'inconvenient d'etre ne - 1973) - Links

Posted by ricardo marcenaro | Posted in | Posted on 14:37






 El pensamiento de la precariedad me acompaña en toda ocasión: esta mañana, al poner una carta en el correo, me decía que iba dirigida a un mortal.

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 Una sola experiencia plena en relación a lo que sea, y ya nos sentimos sobrevivientes.

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 La primera condición para convertirse en santo es la de amar a los engorrosos, la de soportar a las visitas...

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 Sacudir a las gentes, sacarlas de su sueño a sabiendas de que con ello se cómete un crimen, y de que valdría mil veces más dejarlas donde están, puesto que al despertarlas no tenemos nada que proponerles...

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 Un pobre hombre que siente el tiempo, que es su víctima, que revienta por su causa, que no siente otra cosa, que es tiempo a cada instante, conoce lo que un metafísico o un poeta sólo adivinan merced a una crisis o a un milagro.

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 Esos gruñidos interiores que no conducen a nada, y por los que se ve uno reducido al estado de volcán grotesco.

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 Cada vez que me siento arrebatado por un acceso de furor, primero me aflijo y me desprecio, luego me digo: ¡que suerte, qué ganga! Todavía estoy vivo, todavía formo parte de esos fantasmas de carne y hueso...

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 El telegrama que acababa de recibir no terminaba nunca. Todas mis pretensiones y mis insuficiencias estaban ahí. Aquel defecto apenas sospechado por mí estaba designado, proclamado. Qué penetración y qué minuciosidad. Al cabo de la interminable requisitoria, ningún indicio, ninguna huella que permitiera identificar a su autor. ¿Quién podría ser y por qué esa prisa y ese recurso insólito? ¿Se le han dicho a alguien sus verdades con semejante rigor? ¿De dónde surgió ese justiciero omnisciente, ese inquisidor que no me otorga ninguna circunstancia atenuante, ni siquiera la que se le reconoce al más feroz de los verdugos? También yo he podido fallar, también yo tengo derecho a alguna indulgencia. Retrocedo ante el inventario de mis defectos, me sofoco, no puedo soportar ese desfile de verdades... ¡Maldito envío! Lo hago trizas, y me despierto...

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 Tener opiniones es inevitable, normal; tener convicciones lo es menos. Todas las veces que me encuentro con alguien que las tiene, me pregunto qué vicio de su espíritu, qué grieta se las ha hecho adquirir. Por muy legítima que sea esta pregunta, la costumbre que tengo de hacérmela me echa a perder el placer de la conversación, me da mala conciencia, me hace odioso a mis propios ojos.

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 Hubo un tiempo en que escribir me parecía una cosa importante. De todas mis supersticiones esa me parecía la más comprometedora y la incomprensible.

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 He abusado de mi hastío. ¿Pero qué otro vocablo escoger para designar un estado en el que la exasperación está sin cesar corregida por la lasitud y la lasitud por la exasperación?

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 Durante toda la tarde, intentando definirlo, pasamos revista a los eufemismos que permitían no mencionar la palabra perfidia referida a él. Y no es pérfido, sino solamente tortuoso, diabólicamente tortuoso, y, al mismo tiempo, inocente, ingenuo, casi angélico. Una mezcla, si es factible imaginarla, entre Aliosha y Smerdiakov.

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 Cuando deja uno de creer en sí mismo, deja de producir o de luchar, incluso de hacerse preguntas o de responderlas, siendo así que debería ocurrir lo contrario, ya que justo a partir de ese momento se está capacitado, libre de ataduras, para aprehender lo verdadero, para discernir lo que es real de lo que no lo es. Pero una vez agotada la creencia en el propio juego, en el propio destino, uno pierde la curiosidad por todo, incluso por la «verdad», aunque se esté más cerca de ella que nunca.

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 No pasaría yo una «temporada» en el Paraíso, ni siquiera un día. ¿Cómo explicar entonces la nostalgia que tengo de él? No la explico, vive en mí desde siempre, estaba en mí antes que yo.

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 Cualquiera puede tener de vez en cuando el sentimiento de no ocupar más que un punto y un instante; conocer ese sentimiento día y noche, durante todas las horas, es menos común, y a partir de esa experiencia, de ese dato, uno se torna hacia el nirvana o hacia el sarcasmo, o hacia los dos a la vez.


 Aunque juré no pecar nunca contra la santa concisión, siempre quedo como un cómplice de las palabras, y aunque me seduce el silencio no me atrevo a penetrar en él, solamente rondo en su periferia.

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 Se debería establecer el grado de verdad de una religión a partir de la importancia que ésta le otorga al Demonio: mientras más le dé un sitio prominente, más atestigua que se preocupa por lo real, rechaza las supercherías y la mentira, afirma su seriedad y le importa más comprobar que divagar, que consolar.

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 Nada merece la pena ser deshecho, sin duda porque nada merecía la pena ser hecho. Así se desliga uno de todo, tanto de lo inicial como de lo póstumo, del advenimiento como del final de los tiempos.

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 Que todo haya sido dicho, que no quede nada por decir, se sabe, se siente. Pero se siente menos que esta evidencia le confiere al lenguaje un status extraño, inquietante incluso, que lo redime. Las palabras están por fin a salvo porque han dejado de vivir.

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 El inmenso bien y el inmenso mal que he obtenido de mis rumias sobre la condición de los muertos.

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 La innegable ventaja de envejecer es poder observar de cerca la lenta y la metódica degradación de los órganos; todos empiezan a resquebrajarse, unos visiblemente, otros con discreción. Se separan del cuerpo, lo mismo que el cuerpo se separa de nosotros: se nos escapa, nos huye, no nos pertenece. Es un tránsfuga al que ni siquiera podemos denunciar puesto que no se detiene en ninguna parte y no se pone al servicio de nadie.

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 No me canso de leer sobre los eremitas, de preferencia sobre aquellos de quienes se dice que estaban «cansados de buscar a Dios». Me maravillan los fracasados del Desierto.

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 Si Rimbaud hubiese podido continuar (es como imaginarse el futuro de lo insólito; un Nietzsche en plena producción después de Ecce Homo», hubiera terminado por retroceder, por tornarse sensato, por comentar sus estallidos, por explicarlos, por explicarse. Sacrilegio en todos los casos, el exceso de conciencia es una forma de profanación.

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 He profundizado en una sola idea, a saber: que todo lo que el hombre hace se vuelve necesariamente en contra suya. La idea no es nueva, pero la he vivido con una convicción, con un encarnizamiento que no se parece a ningún fanatismo o delirio. No hay martirio, deshonor que no sufra por ella, y no la cambiaría por ninguna otra verdad, por ninguna otra revelación.

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 Ir aún más lejos que Buda, elevarse por encima del nirvana, aprender a prescindir de él... No ser detenido por nada, ni siquiera por la idea de la liberación, considerarla como un simple alto, un estorbo, un eclipse...

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 Mi debilidad por las dinastías condenadas, por los imperios que se desploman, por los Moctezuma de siempre, por aquellos que creen en los signos, por los desgarrados y acosados, por los intoxicados de lo ineluctable, por los amenazados, por los devorados, por todos aquellos que aguardan a su verdugo...

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 Paso sin detenerme frente a la tumba de ese crítico cuyas acres palabras he masticado. Tampoco me detengo frente a la del poeta que, en vida, sólo pensaba en su disolución final. Otros nombres me persiguen, nombres por otra parte ligados a una enseñanza despiadada y tranquilizante, a una visión hecha para expulsar del espíritu todas las obsesiones, incluidas las fúnebres. Nagarjuna, Candrakirti, Santideva, matasietes sin igual, dialécticos obsesionados por la salvación, acróbatas y apóstoles de la Vacuidad... para quienes, sabios entre los sabios, el universo era sólo una palabra...

Cioran - Friedgard Thoma Paris 1985

 Desde hace muchos otoños contemplo el espectáculo de esas hojas tan presurosas por caer, y, sin embargo, no dejo de sentir siempre una sorpresa en la que «un escalofrío de muerte» sería la tónica si no fuera porque irrumpe en el último momento un gozo cuyo origen no puedo desentrañar.

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 Hay momentos en los que, por muy alejados que estemos de la fe, sólo concebimos como interlocutor a Dios. Dirigirnos a alguien más nos parecería una imposibilidad o una locura. La soledad, en su estado extremo, exige una forma de conversación también extrema.

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 El hombre despide un olor particular: de entre todos los animales sólo él apesta a cadáver.

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 Las horas no querían transcurrir. El alba parecía lejana, inconcebible. A decir verdad, no era el alba lo que yo esperaba, sino el olvido de ese tiempo reacio a avanzar. Feliz, pensé, del condenado a muerte, que la víspera de la ejecución, al menos está seguro de pasar una buena noche.

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 ¿Voy a lograr permanecer de pie? ¿Voy a derrumbarme? Si existe una sensación interesante, es sin duda la que nos da el gusto anticipado de la epilepsia.

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 Aquel que se sobrevive se desprecia sin confesárselo, y a veces sin saberlo.

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 Cuando se ha sobrepasado la edad de la rebeldía, y continúa uno desencadenándose, el efecto es el de un Lucifer lelo.

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 Si no se llevaran los estigmas de la vida, qué fácil sería esquivarse, y qué bien marcharía todo.

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 Mejor que nadie, soy capaz de perdonar inmediatamente. El deseo de vengarme me viene tarde, demasiado tarde, en el momento en que el recuerdo de la ofensa está a punto de borrarse, y en el que, casi anulada la incitación al acto, no me queda sino deplorar mis «buenos sentimientos»,
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 Sólo se tiene posibilidad de entrever sobre qué locura se funda toda existencia, en la medida en que, a cada instante, se restriega uno contra la muerte.

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 En última instancia es absolutamente indiferente ser cualquier cosa, o ser Dios. Insistiendo un poco, todo el mundo casi estaría de acuerdo. ¿Cómo entonces es que cada cual aspira a un acrecentamiento de ser y no hay nadie que se resigne a bajar, a descender hacia la carencia absoluta?

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 Según una creencia muy extendida entre ciertos pueblos, los muertos hablan la misma lengua que los vivos, con la diferencia de que para ellos las palabras tienen un sentido opuesto al que tenían: grande significa pequeño, cerca lejano, blanco negro...
 ¿Morir se reduciría, pues, a eso? Mejor que cualquier invención fúnebre, ese cambio completo del lenguaje indica lo que la muerte tiene de inhabitual, de anonadante...

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 Creer en el futuro del hombre, de acuerdo, pero, ¿cómo lograrlo cuando a pesar de todo se mantiene la lucidez? Para creer habría que perderla totalmente, y ni aún así.














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