Filosofia: Cioran - El Inconveniente de Haber Nacido - Parte 20 - (De l'inconvenient d'etre ne - 1973)

Posted by Ricardo Marcenaro | Posted in | Posted on 17:19



  En una escuela vedantina moderna se enseña que el hombre que ha vencido completamente al egoísmo, que ya no conserva ninguna huella de él, no puede durar más de veintiún días.
 Ningún moralista occidental, ni siquiera el más perverso, hubiera osado precisar algo tan temible, tan revelador sobre la naturaleza humana.

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 Cada vez se invoca menos el «progreso» y más la «mutación», y todo lo que se alega para ilustrar sus ventajas es sólo síntoma tras síntoma de una catástrofe fuera de serie.

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 No se puede respirar y dar voces más que en un régimen podrido. Pero uno sólo se da cuenta de ello después de haber contribuido a su destrucción, y cuando ya sólo se pueda lamentarlo.

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 Eso que se llama instinto creador no es más que una desviación, una perversión de nuestra naturaleza: no vinimos al mundo para innovar, para trastornar, sino para gozar con nuestra apariencia de ser, para liquidarla dulcemente y desaparecer después sin ruido.

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 Los aztecas tenían razón en creer que había que apaciguar a los dioses, ofrecerles a diario sangre humana para impedir que el universo se viniera abajo, que regresara al caos.
 Desde hace tiempo ya no creemos en los dioses ni les ofrecemos sacrificios. Y, no obstante, el mundo sigue ahí. Sin duda. Sólo que no tenemos la suerte de saber por qué no se desbarata en el acto.


 IX

 Todo lo que perseguimos es por una necesidad de tormento. La búsqueda de salvación es en sí misma un tormento, el más sutil y el mejor disfrazado de todos.

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 Si es cierto que al morir uno retorna a lo que era antes de ser, ¿no hubiera sido mejor mantenerse en la pura posibilidad y no moverse de ahí? ¿Para qué ese paréntesis cuando se hubiera podido permanecer siempre en una plenitud irrealizada?

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 Cuando mi cuerpo me falla me pregunto cómo luchar, con semejante carroña, contra la dimisión de los órganos.

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 Los dioses antiguos se burlaban de los humanos, los envidiaban, los acosaban y, llegado el caso, los mataban. Al Dios de los Evangelios, menos burlón y menos celoso, los mortales, en sus infortunios, ni siquiera tienen el consuelo de poder acusarle. Ahí es donde habría que buscar la razón de la ausencia o de la imposibilidad de un Esquilo cristiano. El Dios bueno ha matado la tragedia. La literatura le debe mucho más a Zeus.

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 Obsesión, locura de la abdicación, desde siempre. ¿Pero abdicar de qué?

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 Si antaño deseé tanto ser alguien no fue más que por la satisfacción de poder decir un día, como Carlos V en Yuste: «Ya no soy nada.»
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 Algunas Provinciales fueron reescritas hasta diecisiete veces. Sorprende que Pascal haya podido gastar tanta palabra y tanto tiempo en una obra cuyo interés nos parece mínimo hoy en día. Cualquier polémica envejece, una polémica con los hombres. En las Pensees del debate era con Dios. Eso todavía nos interesa un poco.

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 Durante los quince años que pasó en reclusión completa, San Serafín Sarov no abría la puerta de su celda a nadie, ni siquiera al obispo que a veces visitaba la ermita. «El silencio, decía, acerca al hombre a Dios y lo hace en la tierra semejante a los ángeles.» Lo que el santo debió agregar es que el silencio nunca es tan profundo como en la imposibilidad de rezar...


 Los modernos han perdido el sentido del destino, y, con ello, el gusto por la lamentación. Debería resucitarse de inmediato el coro en el teatro, y, en los entierras, las plañideras.

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 El ansioso se aferra a todo lo que puede reforzar, estimular su malestar providencial: querer curarlo es romper su equilibrio, pues la ansiedad es la base de su existencia y de su prosperidad. El confesor astuto sabe lo necesario que es, la imposibilidad de prescindir de ella una vez que se la ha conocido. Como no se atreve a proclamar sus beneficios se sirve de un subterfugio: alaba los remordimientos: ansiedad admitida, ansiedad honorable. Sus clientes se lo agradecen. Así es como logra conservarlos sin esfuerzo, mientras que sus colegas laicos se pelean y humillan para conservar a los suyos.

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 Me decía usted que la muerte no existe. Estoy de acuerdo a condición de precisar en el acto que nada existe. Conceder realidad a cualquier cosa y negársela a lo que parece tan manifiestamente real, es pura extravagancia.

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 Cuando se ha cometido la locura de confiarle a alguien un secreto, la única forma de saber que lo guardará, es matarlo de inmediato.

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 «Las enfermedades visitan a los hombres a su antojo, unas de día, otras durante la noche, trayéndoles el sufrimiento, en silencio, pues el sabio Zeus les ha negado la palabra.» (Hesíodo.)
 Felizmente, pues si siendo mudas son atroces, ¿qué serían parlanchinas? ¿Puede uno imaginárselas anunciándose? ¿En vez de síntomas, proclamas? Por una vez Zeus se comportó con delicadeza.

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 En las épocas de esterilidad se debería invernar día y noche para conservar las fuerzas, en lugar de malgastarlas en mortificaciones y en rabietas.

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 Sólo se puede admirar a alguien si es en sus tres cuartas partes un irresponsable. La admiración no tiene nada que ver con el respeto.

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 La ventaja no desdeñable de haber odiado mucho a los hombres es la de llegar finalmente a soportarlos por agotamiento de ese mismo odio.

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 Una vez cerradas las persianas, me recuesto en la oscuridad. El mundo exterior, un rumor cada vez menos claro, se volatiliza. No quedamos más que yo y... he ahí el hic. Los eremitas pasaron su vida dialogando con lo que había en ellos de más recóndito. ¡Ojalá pudiera yo, como ellos, entregarme a ese ejercicio extremo en el que se alcanza la intimidad del propio ser! Es ese diálogo entre el yo y el sí mismo, es ese paso del uno al otro lo que importa, y su valor estriba en renovarlo sin cesar, de modo que el yo termine por ser reabsorbido en el otro, en su versión esencial.


Incluso en las cercanías de Dios resonaba el descontento, según testimonia la rebelión de los ángeles, la primera en el tiempo. Es para creer que a todos los niveles de la creación la superioridad es imperdonable. Se podría incluso imaginar una flor envidiosa.

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 Las virtudes no tienen rostro. Impersonales, abstractas, convencionales, se desgastan más rápidamente que los vicios que, cargados de vitalidad, se definen y se agravan con la edad.







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