Poesia: Dante Alighieri - La Divina Comedia - Purgatorio - Canto IX - Links

Posted by ricardo marcenaro | Posted in | Posted on 17:28





CANTO IX

Del anciano Titón la concubina
emblanquecía en el balcón de oriente,
fuera ya de los brazos de su amigo;                                           3[L548]

en su frente las gemas relucían
puestas en forma del frío animal
que con la cola a la gente golpea;                                              6

la noche, de los pasos con que asciende,
dos llevaba en el sitio en donde estábamos,
y el tercero inclinaba ya las alas;                                                9[L549]

cuando yo, que de Adán algo conservo,
adormecido me tumbé en la hierba
donde los cinco estábamos sentados.                                        12[L550]

Cuando a sus tristes layes da comienzo
la golondrina al tiempo de alborada,
acaso recordando el primer llanto,                                             15[L551]

y nuestra mente, menos del pensar
presa, y más de la carne separada,
casi divina se hace a sus visiones,                                              18

creí ver, en un sueño, suspendida
un águila en el cielo, de áureas plumas,
con las alas abiertas y dispuesta                                                21

a descender, allí donde a los suyos
dejara abandonados Ganimedes,
arrebatado al sumo consistorio.                                     24[L552]

¡Acaso caza ésta por costumbre
aquí –pensé-, y acaso de otro sitio
desdeña arrebatar ninguna presa!                                              27

Luego me pareció que, tras dar vueltas,
terrible como el rayo descendía,
y que arriba hasta el fuego me llevaba.                           30[L553]

Allí me pareció que ambos ardíamos;
y el incendio soñado me quemaba
tanto, que el sueño tuvo que romperse.                          33

No de otro modo se inquietara Aquiles,
volviendo en torno los despiertos ojos
y no sabiendo dónde se encontraba,                                          36

cuando su madre de Quirón a Squira
en sus brazos dormido le condujo,
donde después los griegos lo sacaron;                           39[L554]

cual yo me sorprendí, cuando del rostro                                    40[L555]
el sueño se me fue, y me puse pálido,
como hace el hombre al que el espanto hiela.                             42

Sólo estaba a mi lado mi consuelo,
y el sol estaba ya dos horas alto,                                               44[L556]
y yo la cara al mar tenía vuelta.                                      45

«No tengas miedo ‑mi señor me dijo‑;
cálmate, que a buen puerto hemos llegado;
no mengües, mas alarga tu entereza.                                          48

Acabas de llegar al Purgatorio:
ve la pendiente que en redor le cierra;
y ve la entrada en donde se interrumpe.                         51

Antes, al alba que precede al día,
cuando tu alma durmiendo se encontraba,
sobre las flores que aquel sitio adornan,                         54[L557]

vino una dama, y dijo: «Soy Lucía;
deja que tome a éste que ahora duerme;
así le haré más fácil el camino.»                                     57

Sordello se quedó, y las otras formas;
Te cogió y cuando el día clareaba,
vino hacia arriba y yo tras de tus pasos.                         60

Te dejó aquí, mas me mostraron antes
sus bellos ojos esa entrada; y luego
ella y tu sueño a una se marcharon.»                                          63

Como un hombre que sale de sus dudas
y que cambia en sosiego sus temores,
después que la verdad ha descubierto,                          66

cambié yo; y como sin preocupaciones
me vio mi guía, por la escarpadura
anduvo, y yo tras él hacia lo alto.                                               69

Lector, observarás cómo realzo
mis argumentos, y aún con más arte
si los refuerzo, no te maravilles.                                     72

Nos acercamos hasta el mismo sitio
que antes me había parecido roto,
como una brecha que un muro partiera,                         75

vi una puerta, y tres gradas por debajo
para alcanzarla, de colores varios,
y un portero que aún nada había dicho.                         78[L558]

Y como yo aún los ojos más abriera,
le vi sentado en la grada más alta,
con tal rostro que no pude mirarlo;                                            81

y una espada tenía entre las manos,
que los rayos así nos reflejaba,
que en vano a ella dirigí mi vista.                                                84

«Decidme desde allí: ¿Qué deseáis
‑él comenzó a decir‑ ¿y vuestra escolta?
No os vaya a ser dañosa la venida.»                                          87

«Una mujer del cielo, que esto sabe,
‑le respondió el maestro‑ nos ha dicho
antes, id por allí, que está la puerta.»                                         90

«Y ella bien ha guiado vuestros pasos
‑cortésmente el portero nos repuso‑:
venid pues y subid los escalones.                                               93

Allí subimos; y el primer peldaño                                               94[L559]
era de mármol blanco y tan pulido,
que en él me espejeé tal como era.                                            96

Era el segundo oscuro más que el perso
hecho de piedra áspera y reseca,
agrietado a lo largo y a lo ancho.                                               99

El tercero que encima descansaba,
me pareció tan llameante pórfido,
cual la sangre que escapa de las venas.                          102

Encima de éste colocaba el ángel
de Dios, sus plantas, al umbral sentado,
que piedra de diamante parecía.                                                105[L560]

Por los tres escalones, de buen grado,
el guía me llevó, diciendo: «Pide
humildemente que abran el cerrojo.»                                         108

A los pies santos me arrojé devoto;
y pedí que me abrieran compasivos,
mas antes di tres golpes en mi pecho.                                        111

Siete P, con la punta de la espada,                                            112[L561]
en mi frente escribió: «Lavar procura
estas manchas ‑me dijo‑ cuando entres.»                                   114

La ceniza o la tierra seca eran                                       115[L562]
del color mismo de sus vestiduras;
y de debajo se sacó dos llaves.                                     117[L563]

Era de plata una y la otra de oro;
con la blanca y después con la amarilla
algo que me alegró le hizo a la puerta.                           120

«Cuando cualquiera de estas llaves falla,
y no da vueltas en la cerradura
‑dijo él‑ esta entrada no se abre.                                               123

Más rica es una; pero la otra, antes
de abrir, requiera más ingenio y arte,
porque es aquella que el nudo desata.                                       126

Me las dio Pedro; y díjome que errase
antes en el abrirla que en cerrarla,
mientras la gente en tierra se prosterne.»                                    129[L564]

Después empujó la puerta sagrada,
diciéndonos: «Entrad, pero os advierto
que vuelve afuera aquel que atrás mirase.»                                 132[L565]

Y al girar en sus goznes las esquinas
de aquellas sacras puertas, que de fuertes
y sonoros metales están hechas,                                                135

no rechinó ni se mostró tan dura
Tarpeya, cuando al bueno de Metelo
la arrebataron, y quedó arruinada.                                             138[L566]

Yo me volví con el sonar primero,
y Te Deum Laudamus parecía                                                 140[L567]
escucharse en la voz y en dulces sones.                         141

Tal imagen al punto me venía
de lo que oía, como la que suele
cuando cantar con órgano se escucha;                           144
que ahora no, que ahora sí, se entiende el texto.    






 [L547]Conrado predice a Dante que no pasarán siete años sin que conozca personalmente la virtud de los Malaspina. En 1306, en efecto, Dante fue hués­ped de dicha familia, con la que, como hemos visto, se muestra especialmente generoso en sus alabanzas.

 [L548]La Aurora estaba desposada con Titón, que alcanzó de los dioses el don de la inmortalidad, pero no de la juventud, convirtiéndose en un eterno anciano.

 [L549]Dante nos dice que en Italia está amaneciendo en estos momentos, alzán­dose con la constelación de Piscis, o de Escorpión según otros comentaristas, mientras aquí en el Purgatorio son alrededor de las tres de la mañana.

 [L550]«Me venció el sueño porque aún me pesaba el cuerpo con sus necesida­des materiales.» Recordemos que los cinco son Virgilio, Sordello, Nino, Conra­do y el propio Dante.

 [L551]Recordemos ya la citada fábula ovidiana de Progne y Filomena.

 [L552]El águila del sueño le recuerda a Dante la que Zeus enviara al monte Ida ‑acaso él mismo metaforseado‑ a raptar al bello Ganimedes para que le sir­viera de copero en el Olimpo.

 [L553]La esfera del fuego se suponía colocada entre la del aire y el cielo de la luna.

 [L554]Dante se refiere a la leyenda según la cual, profetizada la muerte del jo­ven Aquiles si marchaba a la guerra de Troya, Tetis, su madre, le condujo mien­tras dormía de la custodia del centauro Quirón a la ciudad de Squira, donde fue disfrazado de muchacha y educado como tal, hasta que Ulises vino a buscarle y supo astutamente reconocerlo, ofreciendo a las muchachas ricos presentes entre los cuales había deslizado un puñal, que el joven héroe se apresuró a recoger, sin poder ocultar su instinto bélico.

 [L555]Es decir, al verdadero Purgatorio, pues hasta el momento Dante y Virgi­lio han estado recorriendo el Antepurgatorio.

 [L556]Eran las ocho de la mañana del 11 de abril.

 [L557]Lucía, símbolo de la gracia iluminante (Infierno, II, 97) que mientras él so­ñaba con el vuelo en las garras del águila le había realmente transportado hasta la puerta del Purgatorio.

 [L558]Ya que todo este pasaje alegoriza el sacramento de la penitencia, el ángel guardián acaso represente al sacerdote. La espada puede significar la justicia o las palabras del sacerdote que mueven a la penitencia.

 [L559]El primer peldaño alegoriza el examen de conciencia; el segundo, la con­fesión propiamente dicha; el tercero, la satisfacción de la penitencia.

 [L560]La firmeza de la autoridad eclesiástica.

 [L561]Una por cada uno de los pecados capitales que se purgan en las siete cornisas del Purgatorio. Como veremos, Dante se verá libre de ellas, una por una, a medida que vaya completando su ascensión.

 [L562]El color del hábito simboliza la humildad del sacerdote.

 [L563]De las dos llaves, la de oro simboliza la autoridad derivada de Dios para perdonar los pecados; la de plata la ciencia y prudencia del sacerdote para exa­minar y juzgar las faltas.

 [L564]Que fuese más incliado a la indulgencia que al rigor.

 [L565]Quien aún tuviese nostalgia del pecado.

 [L566]La historia la cuenta Lucano (Farsalia, III, 154‑55). César quiso apode­rarse del tesoro público custodiado en la roca Tarpeya al cuidado de Cecilio Me­telo. Expulsado de allí éste y poniendo César las manos en el tesoro, la roca re­sonó en señal de protesta ante el atropello.

 [L567]El famoso Te Deum, himno de acción de gracias, se atribuye a San Am­brosio y a San Agustín.





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