Poesía: César Vallejo - Poemas Humanos - Parte 5 - Addenda: LÁNGUIDAMENTE SU LICOR - LA NECESIDAD DE MORIR - - Links

Posted by ricardo marcenaro | Posted in | Posted on 15:02


Open your mind, your heart to other cultures
Abra su mente, su corazón a otras culturas
You will be a better person
Usted será una mejor persona
RM


César Vallejo

Perú


LÁNGUIDAMENTE SU LICOR

Tendríamos ya una edad misericordiosa, cuando mi padre
ordenó nuestro ingreso a la escuela. Cura de amor, una tarde lluviosa de febrero, mamá servía en la cocina el yantar de oración.
En el corredor de abajo, estaban sentados a la mesa, mi padre y mis hermanos mayores. Y mi madre iba sentada al pie del mismo fuego del hogar. Tocaron a la puerta.
—Tocan a la puerta! —mi madre.
—Tocan a la puerta! —mi propia madre.
—Tocan a la puerta! —dijo toda mi madre, tocándose las
entrañas a trastos infinitos, sobre toda la altura de quien viene.
—Anda, Nativa, la hija, a ver quién viene.
Y, sin esperar la venida maternal, fuera Miguel, el hijo, quien
salió a ver quién venía así, oponiéndose a lo ancho de nosotros.
Un tiempo de rúa contuvo a mi familia. Mamá salió, avanzan-
do inversamente y como si hubiera dicho: las partes. Se hizo patio afuera. Nativa lloraba de una tal visita, de un tal patio y de la mano de mi madre. Entonces y cuando, dolor y paladar techaron nuestras frentes.
—Porque no le dejé que saliese a la puerta, —Nativa, la
hija—, me ha echado Miguel al pavo. A su paVO.
¡Qué diestra de subprefecto, la diestra del padrE, revelando, el hombre, las falanjas filiales del niño! Podía así otorgarle la ventura que el hombre deseara más tarde. Sin embargo:
—Y mañana, a la escuela, —disertó magistralmente el padre,
ante el público semanal de sus hijos.
Y tal, la ley, la causa de la ley. Y tal también la vida.
Mamá debió llorar, gimiendo apenas la madre. Ya nadie quiso
comer. En los labios del padre cupo, para salir rompiéndose, una fina cuchara que conozco. En las fraternas bocas, la absorta amargura del hijo, quedó atravesada.
Mas, luego, de improviso, salió de un albañal de aguas llove-
dizas y de aquel mismo patio de la vista mala, una gallina, no
ajena ni ponedora, sino brutal y negra. Cloqueaba en mi garganta. Fue una gallina vieja, maternalmente viuda de unos pollos que no llegaron a incubarse. Origen olvidado de ese instante, la gallina era viuda de sus hijos. Fueras hallados vacíos todos los huevos. La clueca después tuvo el verbo.
Nadie la espantó. Y de espantarla, nadie dejó arrullarse por su gran calofrío maternal.
— Dónde están los hijos de la gallina vieja?
— Dónde están los pollos de la gallina vieja?
¡Pobrecitos! ¡Dónde estarían!




LA NECESIDAD DE MORIR

París, 1926

Señores:
Tengo el gusto de deciros, por medio de estas líneas, que la
muerte, más que un castigo, pena o limitación impuesta al hombre, es una necesidad, la más imperiosa e irrevocable de todas las necesidades humanas. La necesidad que tenemos de morir, sobrepuja a la necesidad de nacer y vivir. Podríamos quedarnos sin nacer pero no podríamos quedarnos sin morir. Nadie ha dicho hasta ahora: “Tengo necesidad de nacer”. En cambio, sí se suele decir: “Tengo necesidad de morir”. Por otro lado, nacer es, a lo que parece, muy fácil, pues nadie ha dicho nunca que le haya
sido muy difícil y que le haya costado esfuerzo venir a este
mundo; mientras que morir es más difícil de lo que se cree. Esto prueba que la necesidad de morir es enorme e irresistible, pues sabido es que cuanto más difícilmente se satisface una necesidad, ésta se hace más grande. Se anhela más lo que es menos accesible.

Si a una persona le escribieran diciéndole siempre que su
madre sigue gozando de buena salud, acabaría al fin por sentir una misteriosa inquietud, no precisamente sospechando que se le engaña y que, posiblemente su madre debe haber muerto, sino bajo el peso de la necesidad, sutil y tácita, que le acomete, de que su madre debe morir. Esa persona hará sus cálculos respectivos y pensará para sus adentros: “No puede ser. Es imposible que mi madre no haya muerto hasta ahora”. Sentirá, al fin, una necesidad angustiosa de saber que su madre ha muerto. De otra manera, acabará por darlo por hecho.

Una antigua leyenda del Islam cuenta que su hijo llegó a vivir trescientos años, en medio de una raza en que la vida acababa a lo sumo a los cincuenta años. En el decurso de un exilio, el hijo, a los doscientos años de edad, preguntó por su padre y le dijeron: “Esta bueno”. Pero, cuando cincuenta años más tarde, volvió a su pueblo y supo que el autor de sus días había muerto hacía doscientos años, se mostró muy tranquilo, murmurando: “Ya lo sabía y desde hace muchos años”. Naturalmente. La necesidad de la muerte de su padre, había sido en él, a su hora, irrevocable, fatal y se había cumplido fatalmente y también a su hora, en la realidad.

Rubén Darío ha dicho que la pena de los dioses es no alcanzar la muerte. En cuanto a los hombres, si éstos, desde que tienen conciencia, estuviesen seguros de alcanzar la muerte, serían dichosos para siempre. Pero por desgracia, los hombres no están nunca seguros de morir: sienten el afán obscuro y el ansia de morir, mas dudan siempre de que morirán. La pena de los hombres, diremos nosotros, es no estar nunca ciertos de la muerte.

Los trescientos estados de mujer de la Tour Eiffel, están hela-
dos. La herzciana crin de cultura de la torre, su pelusa de miras, su vivo aceraje, engrapado al sistema moral de Descartes, están helados.

Le Bois de Boulogne, verde por cláusula privada, está helado.

La Cámara de Diputados, donde Briand clama: “Hago un lla-
mamiento a los pueblos de la tierra…”, y a cuyas puertas el centinela acaricia, sin darse cuenta, su cápsula de humanas inquietudes, su simple bomba de hombre, su eterno principio de Pascal, está helada.

Los Campos Elíseos, grises por cláusula pública, están hela-
dos.

Las estatuas que periplan la Plaza de la Concordia y sobre
cuyos gorros frigios se oye al tiempo estudiar para infinito, están heladas.

Los dados de los calvarios católicos de París, están helados hasta por la cara de los treses.

Los gallos civiles, suspensos en las agujas gótica de Notre-
Dame y del Sacré-Coeur, están helados.

La doncella de las campiñas de París, cuyo pulgar no se repite nunca al medir el alcance de sus ojos, está helada.

El andante a dos rumbos de “El pájaro de fuego” de Stra-
winsky, está helado.

Los garabatos escritos por Einstein en la pizarra del anfiteatro Richelieu de la Sorbona, están helados.

Los billetes de avión para el viaje de París a Buenos Aires,
en dos horas, 23 minutos, 8 segundos, están helados.

El sol está helado.

El fuego central de la tierra está helado.

El padre, meridiano, y el hijo, paralelo, están helados.

Las dos desviaciones de la historia están heladas.

Mi acto menor de hombre está helado.

Mi oscilación sexual está helada.




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