Cuento Breve: Thomas Hardy - El Brazo Marchito (Wessex Tales 1888) - 4 - El brujo Trendle - Links

Posted by ricardo marcenaro | Posted in | Posted on 1:44






El brujo Trendle

Al día siguiente, por la tarde, Rhoda habría hecho cualquier cosa para eludir aquel compromiso. Pero había prometido ir. Además, sentía en algunos momentos una horrible fascinación por convertirse en el instrumento que arrojara sobre su propia persona una luz que podría revelar que, en el mundo de lo desconocido, Rhoda Brook era algo más grande de lo que ni ella misma había sospechado nunca.
Partió justo antes de la hora que habían acordado, y al cabo de treinta minutos de paso veloz se encontró en la extensión sudoriental —donde estaba el plantío de abetos— del erial de Egdon. Una delicada figura envuelta en una capa y un velo estaba allí ya. Rhoda comprobó, casi con un estremecimiento, que la señora Lodge llevaba el brazo en cabestrillo.
Cruzaron muy pocas palabras e inmediatamente se pusieron en marcha en su escalada hacia el interior de esta región solemne, mucho más alta que el fértil terreno aluvial que habían dejado atrás media hora antes. El paseo era largo; las espesas nubes oscurecían la atmósfera, a pesar de que todavía era sólo prima tarde; y el viento aullaba lúgubremente sobre los desniveles del erial (acaso el mismo erial que contempló la agonía del rey de Wessex, Ina, conocido como Lear por la posteridad). Gertrude Lodge era la que más hablaba de las dos, y Rhoda respondía con monosílabos que denotaban su preocupación. Le daba una extraña repugnancia caminar a la izquierda de su acompañante, donde colgaba el brazo afligido, y se cambiaba al otro cada vez que, sin darse cuenta, se encontraba junto a él. Sus pies habían rozado ya mucho brezo cuando descendieron hasta un camino de carretas, al lado del cual estaba la casa del hombre que buscaban.
Este no practicaba abiertamente sus experimentos terapéuticos y tampoco se ocupaba en absoluto de la continuidad de los mismos, pues sus principales ingresos provenían del tráfico de retama, turba, «arena menuda» y otros productos locales. Afectaba, de hecho, no creer
demasiado en sus propios poderes, y cuando, por ejemplo, verrugas que le habían sido enseñadas para que las curase desaparecían milagrosamente —lo cual, ha de reconocerse, sucedía de manera infalible—, él decía con ligereza: «Oh, pero si lo único que hice fue beberme un vaso de grog por ellas a tu costa: quizá sea todo una casualidad», y acto seguido cambiaba de tema.
Estaba en casa cuando ellas llegaron, y en realidad ya las había visto descender hasta el valle. Era un hombre de barba gris, cara rojiza, y miró a Rhoda de una forma singular desde el primer momento en que la vio. La señora Lodge le contó su problema; y entonces, con unas palabras de descrédito hacia sí mismo, examinó el brazo.
—La medicina no lo puede curar —dijo inmediatamente—. Esto es obra de un enemigo.
Rhoda se encogió y retrocedió.
—¿Un enemigo? ¿Qué enemigo? —preguntó la señora Lodge.
El hizo un gesto de negación con la cabeza.
—Eso lo tiene usted que saber mejor que yo —dijo—. Si quiere, puedo mostrarle a la persona, aunque yo no sabré quién es. No puedo hacer más; y no me gusta hacer esto.
Ella le apremió; ante lo cual él le dijo a Rhoda que esperara fuera, donde estaba, y llevó a la señora Lodge al cuarto. La puerta daba directamente a él; y, al quedar entornada, Rhoda Brook pudo ver los manejos sin tomar parte en ellos. El hombre tomó un vaso del aparador, lo llenó casi hasta el borde de agua y, cogiendo un huevo, lo preparó, en secreto, de alguna forma; hecho lo cual lo partió contra el borde del vaso de tal manera que la clara cayera dentro y la yema se quedara fuera. Como oscurecía, cogió el vaso con su contenido y lo llevó hasta la ventana, y le dijo a Gertrude que mirara de cerca la mezcolanza. Se inclinaron juntos sobre la mesa, y la lechera pudo ver el color opalino del fluido del huevo cambiando de forma al sumergirse en el agua. Pero no estaba lo bastante cerca para ver la forma que adquiría.
—¿Ve cierto parecido con algún rostro o figura? —le preguntó el brujo a la joven.
Ella susurró una respuesta en un tono tan bajo que resultó inaudible para Rhoda, y siguió mirando intensamente dentro del vaso. Rhoda dio media vuelta y se alejó unos pasos.
Cuando la señora Lodge salió, y la luz le dio en la cara, ésta tenía un color excesivamente pálido —tan pálido como el de la cara de Rhoda— en contraste con las tristes y oscuras sombras de la vegetación de aquel elevado terreno. Trendle cerró la puerta tras ellas, y las dos se pusieron juntas en camino, hacia casa. Pero Rhoda advirtió que su acompañante estaba muy cambiada.
—¿Le ha cobrado mucho? —preguntó, a modo de tanteo.
—Oh, no, nada. No cogió ni un cuarto de penique —dijo Gertrude.
—¿Y qué es lo que ha visto usted? —inquirió Rhoda.
—Nada que... de lo que valga la pena hablar. —La contrición de su actitud era considerable; la expresión de su rostro era tan rígida que le daba un aspecto envejecido, que débilmente sugería la expresión del sueño de Rhoda.
—¿Fuiste tú quien primero propuso venir aquí? —preguntó de repente la señora Lodge después de un largo silencio—. ¡Qué curioso, si así fue!
—No fue así. Pero no lamento que hayamos venido, después de todo —respondió la otra. Por primera vez una sensación de triunfo se apoderó de ella, y no lamentó, en conjunto, que aquella joven que marchaba a su lado se hubiera enterado de que sus vidas se habían visto enemistadas por otras influencias, ajenas a sus respectivas voluntades.
No se aludió más al tema durante el largo y pesado recorrido de vuelta. Pero, de alguna forma, aquel invierno se susurró, en la tierra baja de las muchas granjas, una historia que decía que la pérdida gradual del uso del brazo izquierdo de la señora Lodge se debía al «mal de ojo» que le había hecho Rhoda Brook. Esta se guardó su propia opinión acerca del personaje de la pesadilla, pero su rostro se fue haciendo más triste y delgado; y durante la
primavera ella y su hijo desaparecieron de las inmediaciones de Holmstoke.









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