Cuento: Alvaro Cepeda Samudio - El piano blanco - Bio data - Links a mas Cuento

Posted by ricardo marcenaro | Posted in | Posted on 10:39









Álvaro Cepeda Samudio
Colombia



El piano blanco

      Tal vez porque de niño me faltó todo, y en la casa de vecindad donde viví no había siquiera un trozo de madera con qué fabricar un juguete, fue por lo que adquirí la costumbre de aferrarme a los pocos objetos que durante esos años caían por casualidad en mis manos. El osito de cristal morado que encontré una vez en una calle alegre y al que le faltaba la cabeza, ha vuelto a mi memoria muchas veces en estos días. El osito era parte de mi vida y cuando mi padre lo pisó, recuerdo perfectamente ese momento pues todavía al pensar en el osito morado siento apretárseme la garganta, esperé por muchas veces a que llegara borracho y cuando eso ocurrió lo empujé con toda mi venganza desde lo alto de la escalera. Las personas no me impresionan tanto como los objetos y aunque he intentado muchas veces querer de veras a una mujer no lo he conseguido. En cambio las cosas me atraen, me seducen, con sus líneas iguales y esa sensación de seguridad, de inmutabilidad que emana de ellas. Yo soy un hombre normal y comprendo que esta costumbre mía de enamorarme de las cosas es malsana. Y he luchado para dominarme. Pero las cosas son más fuertes que las personas, no se dispersan como las personas y en su unidad son más fuertes que nosotros.





      Recuerdo perfectamente cómo empezó lo del piano blanco y cómo traté de no verlo más, de apartarme de él. Pero todo conspiró contra mí. Fue como si el piano blanco hubiera buscado todos los medios para seducirme; exactamente como lo hubiera hecho una mujerzuela. Yo siempre deseé un piano blanco. Desde cuando aprendí a tocar. Durante las larguísimas horas de práctica cuando las yemas de los dedos se me adormecían y la música igual, igual, igual, de tanto repetirla se me desvanecía en los oídos y quedaba yo solo, con el piano, las teclas empujaban suavemente mis dedos adoloridos compadeciéndose de su martirio. Desde entonces se formó en mí ese desmedido amor por los pianos. Hasta el punto de que los demás objetos, los que antes me llamaban la atención, dejaron poco a poco de impresionarme y sólo los pianos, con sus líneas esbeltas y puras y la suavidad infinita de sus teclados ocuparon mi vida. Deseaba ardientemente poseer un piano, pero al mismo tiempo tenía un miedo terrible de enamorarme demasiado del que yo escogiera, de compenetrarme tanto con él hasta que llegara un momento en que me fuera imposible tocar en otro. Tenía miedo de que mi amor por los pianos se materializara en un piano, en un único piano. Muchas veces me ha sucedido que durante un concierto llego a amar con tal fuerza al piano en el que estoy tocando que tienen que separarme a la fuerza de él, bajan el telón y me sacan casi a rastras del escenario mientras el público, que nada comprende, y que ha visto complacido prolongarse el concierto por tres o cuatro horas, protesta. Yo nunca miro el piano antes del concierto, ni siquiera voy al teatro, y así cuando entro al escenario y lo veo en el centro, solo con su ala de cuervo lanzada al aire, con sus patas delgadas y correctas y el interminable camino al teclado, no puedo reprimir el formidable deseo de correr hacia él y acariciarlo con mis dedos. Y es que mientras  me he estado vistiendo en el camerino, alargando lo más posible el encuentro, lo he imaginado de mil maneras, lo he forjado en mi mente, lo he presentido tal y exactamente como lo veo después. Antes, antes de ahora, se daba el caso de que mis conciertos en un mismo teatro se prolongaran por meses. Esto sucedía cuando descubría en el piano de ese teatro un detalle mínimo, y se establecía entre él y yo ese amor que nace de compartir un secreto. Pero esto era antes de ahora, pues ella, que lo descubrió, que descubrió lo que nadie había descubierto y que lo atribuía a genialidades de mi talento de artista, dispuso que yo no diera más de un concierto en el mismo teatro y con el mismo piano. Y sin embargo, a ella la conocí por el piano blanco. Y si no hubiera sido por él nunca me hubiera mudado a su casa. No debí hacerlo. Ahora me arrepiento. ¡Pero el piano blanco me atraía con tanta fuerza!




      Cuando entré por primera vez a esta casa y lo vi en su rincón, abandonado como un gran animal blanco y triste, comprendí que debía alejarme enseguida de aquel lugar, que no debía volver más a esa casa: ese era el piano por el que yo no había querido entregarme a ningún otro, el piano presentido y deseado en todos los pianos que yo había tocado en mis conciertos. Pero ella me obligó a venir, me invitaba diariamente y me hacía pasar largas horas en la salita del piano blanco, con él a mis espaldas y ella a mi frente. Yo sabía que llegaría el día cuando no podría resistir más esta situación y me hice el propósito deliberado de prestar la menor atención posible al piano blanco. Y me negué infinidad de veces a tocarlo. Prefería el otro, el viejo y feo piano del salón. Pero cuando podía escaparme de las gentes que me rodeaban y que me pedían durante las fiestas que ella organizaba para mí, que tocara, cuando los complacía me escabullía a la salita del piano blanco y allí lo miraba en la oscuridad, con su blancura grisosa, y le pedía perdón por haber prostituido mis deseos con el piano feo y viejo del salón mientras él permanecía allí en su rincón, puro y blanco y en silencio. Ahora pienso si todo fue planeado fríamente por ella: Si no fue ella quien arregló todos los detalles como una vieja alcahueta para que me enamorara del piano blanco. Es verdad que ella nunca me pidió que lo tocara y que no había en la casa otra sala más agradable que ésta donde me recibía siempre. Y si es verdad también que ella nunca lo mencionó, ni me dijo su historia, ni alabó la blancura de sus maderas. Nunca habló del piano blanco. Y es precisamente este silencio el que me hace pensar que todo esto fue calculado y premeditado. Sucedió así: yo había venido esa tarde como de costumbre, pero ella había salido. Cuando Emma me dejó solo en la salita y vi asombrado que el piano blanco estaba abierto, ofreciéndoseme con su teclado virginal anhelante, no pude contenerme y me senté a tocar. No sé cuánto tiempo transcurrió. Ella debió llegar mientras yo tocaba. Pero cuando Emma vino a avisarme que la señora me esperaba arriba, la noche había invadido la salita y el piano blanco parecía un fantasma en su rincón: sonando y sonando con las últimas resonancias de mis dedos. Ella no dijo una palabra. Yo había cerrado el piano con las llavecitas que encontré sobre el banquito y las guardé.  Yo era el único dueño del piano blanco, o él mi único dueño, no podía decirlo. Ella se dio cuenta, tuvo que darse cuenta porque a los tres días cancelé todos mis conciertos y me vine a vivir con ellas. Ahora comprendo que lo había descubierto hacía mucho tiempo y que lo planeó todo para que sucediera como sucedió. Cuando comenzó a insistir en que la dejara en casa durante mis giras cortas, la cosa me inquietó más. Pero estaba determinado a no hacerlo, pues presentía sus intenciones. Al principio fue como una sensación muy vaga de temor, pero a medida que fui acumulando detalles y comprendí lo que ella buscaba la temí y la odié al mismo tiempo. Me privaba a mí mismo del infinito placer de tocar el piano blanco para que ella no lo viera, para que no lo oyera porque ya estaba seguro de que ella lo odiaba con la misma fuerza con que yo lo amaba. Yo no quería dejarla en la casa. El concierto que tenía que dar anoche iba a ser el comienzo de una larga gira y el médico insistió en que el ajetreo de los viajes le daría daño por su estado. Sabía lo que iba a suceder, por eso volví hoy. Por eso no pude tocar anoche. Esta salita es como un túnel oscuro y silencioso. Sin el piano blanco y con ese hueco negro y ese vientre tan grande que yo no había notado antes: esta salita parece un túnel.



Gabriel García Márquez con Álvaro Cepeda Samudio, segundo de izquierda a derecha, y Rafael Escalona, último a la derecha.




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Alejandro Obregón, Gabriel García Márquez, Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor.


Álvaro Cepeda Samudio (Barranquilla, 30 de marzo de 19261 2 – Nueva York, 12 de octubre de 1972) fue un escritor y periodista colombiano.

A los dieciocho años empezó a escribir una columna en El Heraldo desde la que trataba temas políticos y sociales. Desde 1947, y de forma intermitente, escribió para El Nacional; en 1950 fue colaborador de The Sporting News; ese mismo año volvió a escribir una columna para El Heraldo que llamó Brújula de la cultura. Junto con Gabriel García Márquez, Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor publicó Crónica, revista literaria y deportiva que apareció de 1950 a 1952. Fue editor del Diario del Caribe de 1961 a 1972.1

Como escritor, Cepeda Samudio es visto como uno de los grandes transformadores de la literatura colombiana en el siglo XX,3 alejándola del costumbrismo e imprimiéndole un estilo original, urbano y profundamente Caribe. Se destacan su libro de cuentos Todos estábamos a la espera y la novela La casa grande. Fue integrante del Grupo de Barranquilla, y es considerado por la crítica como uno de los padres del boom latinoamericano.4


Biografía

Infancia y juventud

Sus padres fueron Luciano Cepeda y Roca, hijo de Abel Cepeda Vidal, alcalde de Barranquilla en dos oportunidades, secretario de Educación y senador, y Sara Samudio, quien formaba parte de una familia acomodada y culta. Fue el único hijo del matrimonio, si bien Luciano Cepeda había tenido dos hijos antes de contraer nupcias. Nació en la calle Bolívar, entre carreras Veinte de Julio y Progreso, y fue bautizado en la iglesia del Rosario, ubicada en el centro de la ciudad, el 17 de abril de 1927.1

El matrimonio Cepeda Samudio se separó en 1932, poco después de que Luciano contrajera una enfermedad venérea. Sara se fue con su hijo para la cercana población de Ciénaga, por recomendación de unos amigos que le aseguraron que allí tendría un mejor futuro, y porque a Álvaro, asmático de nacimiento, los médicos le habían recomendado vivir cerca al mar. Al llegar se hospedaron en el Hotel Imperial; en poco tiempo su madre abrió una juguetería y una pensión.1

En 1936, tras la muerte de Luciano Cepeda, Sara y Álvaro regresaron a Barranquilla, donde también montaron una pensión. Tres años después ingresó en el Colegio Americano,5 donde, a pesar de las constantes inasistencias por quebrantos de salud, se destacó como estudiante aventajado. En 1944, su madre se casó por segunda vez con Rafael Bornacelli, un hombre adinerado a quien había conocido en la pensión de Ciénaga.1 Ese mismo año inició su colaboración con el diario local El Heraldo, donde tuvo una columna en la que trataba temas políticos, la cual tituló Cosas.

En 1945, uno de los primeros escritos de Cepeda Samudio le acarreó la expulsión del colegio, cuando cursaba tercero de bachillerato. El texto era una distriba contra varios profesores de la institución, titulada Anotaciones breves sobre los maestros. De inmediato consiguió que lo admitieran en el Colegio de Barranquilla, una institución pública, donde también discutió con los docentes y fue reconocido como alumno brillante.1

    “La otra porción es la que ha perdido totalmente este sentimiento de sumisión: la que descubre asombrada un tanto que el maestro puede equivocarse y que no está de acuerdo con muchas de las cosas que el librito de turno dice: este es el escaso grupo de alumnos que no puede tolerar que para educarlos se siga empleando el mismo método disciplinario: anhelan que se les trate 'como a hombres', que se examinen y se tomen en cuenta sus puntos de vista.” Anotaciones breves sobre los maestros (fragmento).1

En 1946 regresó al Colegio Americano y fundó un grupo literario junto a varios amigos. Publicaban un periódico juvenil llamado Ensayos, cuyos textos le valieron que Julián Devis Echandía, director de El Nacional, lo animara a escribir en ese periódico. El grupo también invitó a la ciudad al intelectual español Baltasar Miró, exiliado por la dictadura franquista, a dar una conferencia sobre literatura.1 Miró se suicidaría en 1947 en Buenos Aires y Cepeda Samudio, para honrar su memoria, escribió una nota en El Nacional. Allí expresó que los intelectuales barranquilleros Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor estarían de acuerdo con que la muerte de Miró fue responsabilidad de Francisco Franco. Vargas y Fuenmayor, interesados por la identidad del autor de la nota, fueron a buscarlo a las instalaciones de El Nacional, y se asombraron al descubrir que su autor era un joven que trabajaba por las noches en el diario. Este encuentro sería fundamental en su vida, puesto que de allí surgió una profunda amistad entre ellos, quienes en el futuro, junto a Gabriel García Márquez, integrarían el Grupo de Barranquilla.1 6

En 1948 se graduó de bachiller junto a veinticuatro compañeros. Fue encargado de leer el discurso de su clase, un ensayo que tituló La arquitectura en función de la poesía, pues en ese entonces estaba interesado en estudiar esa carrera.1


Estudios

Gracias a una beca otorgada por la Gobernación del Atlántico, Cepeda Samudio viajó el 27 de mayo de 1949 a Estados Unidos, junto a su amigo Enrique Scopell. Tenían como destino Baton Rouge, Luisiana, con el propósito de aprender inglés. En Miami se toparon con dos venezolanas y cambiaron de planes: los cuatro tomaron un avión hacia La Habana, hogar de la abuela de Scopell, y estuvieron allí una semana, que aprovecharon para ver béisbol y boxeo en vivo.1 Después viajaron a Ann Arbor y se matricularon en la Universidad de Míchigan. En esa ciudad conoció a Sandra, una estudiante de quince años, de quien se enamoró. Ella lo introdujo en la obra del escritor armenio-estadounidense William Saroyan, cuya influencia fue determinante en su escritura.1

En agosto de 1949 viajó a Nueva York, donde ingresó a la Universidad de Columbia para estudiar Periodismo y Literatura. Al igual que en el bachillerato, fue un estudiante destacado, pero poco asiduo a los salones de clase. Frecuentaba con Scopell los bares de Harlem y gastaban el dinero de sus becas en licor, comida y libros. También tomó cursos libres de imprenta, producción y diseño de revistas, ficción moderna y drama.1

Su estadía en Nueva York fue fundamental para conocer la vanguardia literaria y periodística norteamericana, que influiría en su trabajo posterior, así como para ensayar sus primeros cuentos. Su trabajo final fue un ensayo sobre la historia de la literatura colombiana. Después viajó a Michigan, para estar cerca de Sandra, y regresó a Barranquilla el 20 de junio de 1950.1 7


El Grupo de Barranquilla
Artículo principal: Grupo de Barranquilla

A los veintiún años, Cepeda Samudio había leído a los españoles José María de Pereda, Gabriel Miró, Azorín, Pío Baroja y Benito Pérez Galdós, varios de ellos pertenecientes a la llamada Generación del 98. Por Colombia, sabía de la obra de Eduardo Caballero Calderón.1 Luego de entablar amistad con Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor conoció a José Félix Fuenmayor, padre de éste último, y al catalán Ramón Vinyes, quienes lo animaron a leer autores más recientes como Ernest Hemingway, William Faulkner, Erskine Caldwell, John Dos Passos y John Steinbeck, integrantes de la denominada Generación perdida, así como a Alejandro Casona, Virginia Woolf, James Joyce, Sherwood Anderson y Theodore Dreiser. Esta sugerencia amplió su perspectiva de la literatura.8

En septiembre de 1948 conoció a Gabriel García Márquez, quien en ese momento trabajaba en el diario El Universal de Cartagena y se encontraba de visita en Barranquilla.1

    “Álvaro Cepeda Samudio, en cambio, era antes que nada un chofer alucinado —tanto de automóviles como de las letras—; cuentista de los buenos cuando bien tenía la voluntad de sentarse a escribirlos; crítico magistral de cine, y sin duda el más culto, y promotor de polémicas atrevidas. Parecía un gitano de la Ciénaga Grande, de piel curtida y con una hermosa cabeza de bucles negros y alborotados y unos ojos de loco que no ocultaban su corazón fácil. Su calzado favorito eran unas sandalias de trapo de las más baratas, y llevaba apretado entre los dientes un puro enorme y casi siempre apagado. Había hecho en El Nacional sus primeras letras de periodista y publicado sus primeros cuentos.” Gabriel García Márquez.9

Cepeda Samudio, García Márquez, Vargas y Fuenmayor conformaron junto a Alejandro Obregón, Meira Delmar, Orlando Rivera, Julio Mario Santo Domingo, Miguel Camacho Carbonell, entre otros, la segunda generación del Grupo de Barranquilla. Desde 1954 se reunieron en La Cueva, bar de propiedad de Eduardo Vilá, frecuentado tanto por intelectuales como por cazadores y, en general, barranquilleros de todas las clases sociales que discutían sobre una amplia diversidad de temas. El bar fue visitado esporádicamente por Marta Traba, Fernando Botero, Nereo López, Rafael Escalona, Héctor Rojas Herazo, Consuelo Araújo, Enrique Grau, entre otras personalidades.1

La Cueva cerró en 1969. De ahí en adelante varios de sus miembros se reunieron en el bar y restaurante La Tiendecita, a pocas cuadras de ahí.1 En 2002 fue creada la Fundación La Cueva, una entidad privada sin ánimo de lucro que busca preservar la historia cultural de Barranquilla y fomentar nuevos talentos artísticos.10


Vida personal

En 1955, a los veintiocho años, contrajo nupcias en la iglesia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro con Teresa Manotas, a quien había conocido en 1951. Teresa era una mujer muy inteligente, aficionada a la literatura, liberal, ajena a las costumbres conservadoras de la época. Tuvieron dos hijos, Zoila Patricia (1955-2013) y Álvaro Pablo (1958-1985).1 Cepeda Samudio tuvo dos hijos más fuera del matrimonio, Margarita y Darío, a quienes veía poco. A Darío, quien murió joven y de manera trágica en Bogotá, solía frecuentarlo en La Tiendecita. Tuvo varias amantes a lo largo de su vida.1
Enfermedad y muerte

Si bien en su infancia había sido enfermizo, Cepeda Samudio gozaba de una vitalidad que asombraba a sus allegados. En julio de 1972, mientras grababa un documental sobre la subienda en el municipio de Honda, sufrió una fuerte gripa y optó por regresar a Barranquilla. Comenzó a padecer dolores de cabeza que él mismo le atribuía al cigarrillo; sin embargo, la frecuencia de estas dolencias le obligó a visitar a su médico, quien le sugirió viajar de inmediato a Nueva York, ya que era muy probable que tuviera cáncer.1 Al llegar se hospedó en el Hotel Warner, en Manhattan. Pocos días después fue internado en el Memorial Sloan–Kettering Cancer Center. Enviaba cartas a sus amigos contándoles en tono jocoso los pormenores de su estadía. "Hay veces, créemelo, que esta vaina de morir asusta", le escribió a Daniel Samper Pizano.1

Alcanzó a entusiasmarse cuando le entregaron el primer ejemplar de Los cuentos de Juana. Los médicos tenían pensado darle de alta en tres días cuando le sobrevino la muerte. Falleció mientras dormía el 12 de octubre de 1972,11 al lado de su esposa y sus dos hijos. Dos días después, sus restos mortales fueron trasladados a Barranquilla, donde recibió un entierro multitudinario el 15 de octubre. Escritores, periodistas, intelectuales y diarios nacionales lamentaron su partida, mientras que la alcaldía de la ciudad y la Gobernación del Atlántico decretaron honores fúnebres. Fue sepultado en el cementerio Jardines del Recuerdo.1


Obra

Cepeda Samudio incursionó en diversos oficios artísticos y comerciales durante su vida. Además de dedicar su tiempo a la literatura, el periodismo y el cine, fue vendedor de carros Ford (1950-1955) y electrodomésticos Westinghouse (1955-1958). También fue secretario general del Centro Artístico de Barranquilla (1951-1963).1 Desde 1958 se vinculó al emporio familiar Santo Domingo, en cabeza de Julio Mario Santo Domingo, primero en labores administrativas y luego en la oficina de publicidad y relaciones públicas de la Cervecería Águila. Creó varios de los eslóganes más famosos de la marca, entre los que están Águila, sin igual y siempre igual; Porque la fiesta se hace con Águila; Sírvame una Águila, pero que sea volando, y Costeña-Costeñita, tan buena la grande como la chiquita. Durante diez años fue empleado de la empresa y luego pasó a ser asesor de la marca, desde su agencia Martens Publicidad.1 En 1970, junto a Alberto Assa y otros personajes influyentes de la ciudad, creó el Instituto Experimental del Atlántico, un colegio para jóvenes de escasos recursos que suele ocupar los primeros lugares dentro del listado de las mejores de Colombia.12


Literatura

La obra literaria de Cepeda Samudio es considerada por la crítica como renovadora y precursora del boom latinoamericano. Su primer cuento, titulado Proyecto para la biografía de una mujer sin tiempo lo escribió a las 21 años, cuando trabajaba en el diario El Nacional. Sin embargo, su literatura tuvo un viraje más vanguardista a su regreso de estudiar en Estados Unidos, donde leyó a los escritores más importantes del momento en ese país.1

Fue un escritor muy creativo, con voz propia, pero de escasa disciplina.1 La agente literaria Carmen Balcells le pidió en reiteradas ocasiones que le enviara sus escritos para poder publicarlos, pero Cepeda Samudio se excusaba:

    “Y no he podido cumplir con ninguna de las promesas que te hice. Es decir, las literarias, porque lo que es el amor eterno sigue.” Álvaro Cepeda Samudio: Carta a Carmen Balcells (1970).1

Si bien escribió varios cuentos que publicó en las columnas de los diarios en los que trabajó, su obra está conformada principalmente por tres libros: Todos estábamos a la espera (1954), La casa grande (1962), y Los cuentos de Juana (1972).1
Todos estábamos a la espera

Cepeda Samudio publicó el libro de cuentos Todos estábamos a la espera el 5 de agosto de 1954, a la edad de 28 años, como resultado de sus vivencias en Ciénaga y Nueva York.13 14 Su padrastro Rafael Bornacelli le dio el dinero necesario para la publicación, suma que ascendía a 500 pesos. En dos ocasiones anteriores, Bornacelli le había entregado la misma cantidad de dinero, pero Cepeda lo gastó con sus amigos.1 15

El libro consta de ocho cuentos. Destacan Hoy decidí vestirme de payaso, Un cuento para Saroyan, y Todos estábamos a la espera. La pintora cartagenera Cecilia Porras, amiga de Cepeda, realizó las ilustraciones. Fue editado por la Librería Mundo y se vendió principalmente en Barranquilla, si bien algunos ejemplares llegaron hasta Bogotá. Veintiséis años después, en 1980, Plaza y Janés realizó una segunda edición con prólogo de Jacques Gilard y otros cuentos rescatados por el mismo Gilard y el periodista Daniel Samper Pizano.1

La crítica hacia el libro fue favorable. Intelectuales como Hernando Téllez y Próspero Morales Padilla elogiaron la singularidad y limpieza de la prosa, al tiempo que destacaron su temática moderna, urbana, alejada del costumbrismo literario que reinaba en Colombia. Gabriel García Márquez, quien para la fecha trabajaba en el diario bogotano El Espectador, elogió la obra:

    “Todos estábamos a la espera es, por mi modo de interpretar las cosas, el mejor libro de cuentos que se haya publicado en Colombia. A otros -tal vez a la mayoría- les parecerá discutible esta afirmación. Pero sin duda todos estarán de acuerdo en que es el más interesante.” Gabriel García Márquez (fragmento).1

De igual forma, Héctor Rojas Herazo afirmó que el libro recogía las mejores influencias contemporáneas. El crítico uruguayo Jorge Ruffinelli, en 1979, expresó que lo de Cepeda era una escritura vital. Jacques Gilard, por su parte, dijo que Todos estábamos a la espera era más que un ejercicio experimental: se trataba de cuentos definitivos, lúcidos, de magistral resolución.1 16
La casa grande

Ocho años tardó Cepeda Samudio en escribir La casa grande, su única novela, publicada en 1962. Su trabajo como periodista y jefe de publicidad de Cerveza Águila copaban casi todo su tiempo. Aún así, en noviembre de 1958 publicó el primer capítulo, Los soldados, en la revista Mito, el 16 de abril de 1961 apareció el capítulo El Padre en el Magazine Dominical de El Espectador y finalmente, en julio de 1962, la novela fue presentada al público por cuenta de Ediciones Mito. Dedicó la obra a su amigo el pintor Alejandro Obregón.1

La casa grande mezcla diversas voces que narran la Masacre de las Bananeras, aquel trágico evento ocurrido el 6 de diciembre de 1928, en Ciénaga, donde fueron asesinadas cientos de personas.17 18 Cepeda Samudio conoció la historia siendo muy niño, cuando vivía en esa población, a través de sus familiares y vecinos. Con los años, en la medida en que el siniestro adquiría una connotación nacional, fue ideando la forma de narrarla. García Márquez también haría lo propio en Cien años de soledad.

La novela, rica en recursos literarios, tuvo muy buena recepción, pero poca tirada y mucha menos venta. Críticos y escritores como Ángel Rama, Claude Couffon, Isaac Cortizar y David H. Bost elogiaron su originalidad, su importancia como precursora del boom latinoamericano, y su consciencia política.1

    “Una novela fascinante por su escritura toda en diálogos secretos y misteriosos susurros como el Pedro Páramo de Juan Rulfo. Una historia de soledad, incesto y decadencia familiar, como Cien años de soledad, solo que anterior.” Claude Couffon (1984).1

También recibió algunas críticas negativas. Eduardo Camacho Guizado elogió el capítulo Los soldados, pero consideró confusa el resto de la obra, mientras que Darío Ruiz Gómez la calificó como una bella novelita que deja una sensación de vacío por lo que se dejó de hacer en ella. Con el tiempo La casa grande ha sido editada más de doce veces,19 con traducciones al inglés, francés, alemán, ruso búlgaro, entre otros idiomas.1

Durante la década de 1970 el cineasta mexicano Luis Alcoriza contempló dirigir una adaptación de la obra con la aprobación de Cepeda Samudio, pero el proyecto fue desechado porque Julio Mario Santodomingo, quien daría el dinero para la producción, decidió no participar para no tener conflictos políticos con el nuevo presidente de Colombia, Misael Pastrana.20


Los cuentos de Juana

Cepeda Samudio escribió Los cuentos de Juana durante la última década de su vida. Tenía treinta y seis años cuando comenzó a plasmarlos y alcanzó a ojear uno de los ejemplares en el Memorial Sloan–Kettering Cancer Center de Nueva York, días antes de su muerte. Los libros salieron al mercado póstumamente en 1972, de la mano de Ediciones Aco de Barranquilla, con ilustraciones de Alejandro Obregón.1

La obra tiene veintidós cuentos cortos cuyos temas recurrentes son Barranquilla y el Caribe colombiano, visto a través de los ojos de Juana, un personaje multiforme que posee distintas características físicas, históricas o familiares, dependiendo de cada historia. Está inspirado en Joan Mansfield, una joven norteamericana que llegó a Barranquilla en septiembre de 1963 junto a varios integrantes de los Cuerpos de Paz, para ayudar a los colombianos más pobres; fueron amantes durante el tiempo en que ella estuvo en el país. En esas historias, Cepeda Samudio también describió a sus amigos y aficiones: Enrique Scopell, su hija Patricia Cepeda, Gabriel García Márquez, la escultora Feliza Bursztyn, el locutor Édgar Perea, el fútbol, entre otros.1 Los cuentos de Juana no tuvieron buena acogida. Fueron calificados como una producción menor tanto por la crítica como por sus amigos. Alfonso Fuenmayor la tildó de desafortunada, mientras que Álvaro Medina consideró los cuentos como un simple divertimento del autor. Sin embargo, revisiones actuales de la obra son muy positivas: es vista como vanguardista y cuidadosa de las formas literarias, fiel al estilo urbano de Cepeda Samudio.1

Uno de los cuentos inspiró la película Juana tenía el pelo de oro, dirigida por Luis Fernando Bottía y protagonizada por Fernando Solórzano, Xiomara Galeano y Ernesto Benjumea. El filme, estrenado en 2007, obtuvo distinciones en el Latino Film Festival de Chicago, el Festival Cines del Sur, en Oslo, y en el Festival Internacional de Cine de Calcuta.21


Periodismo

El Nacional (1947-1953)

La primera colaboración de Cepeda Samudio en el diario El Nacional tuvo lugar el 2 de mayo de 1947. El director Juan Devis Echandía lo invitó a formar parte del periódico de forma esporádica, y pocos meses después entró a trabajar como redactor de planta. Escribió varias columnas: Sketchs, de pocas entregas, y otras de opinión y humor.1 En El Nacional incursionó en el periodismo deportivo. El 1947 viajó a Guayaquil a cubrir el Campeonato Sudamericano de Fútbol y desde allí envió a Barranquilla varias crónicas, tanto de fútbol como de la vida de esa ciudad. Al año siguiente inició la columna En el margen de la ruta, con escritos de corte literario y algunos pocos de opinión.1

En 1953, Devis Echandía le ofreció el cargo de director. Cepeda Samudio aceptó y El Nacional inició una transformación editorial e informativa, con una nueva columna titulada Séptimo círculo, colaboraciones de periodistas reconocidos y tiradas matutinas y vespertinas. Inició la modernización del diario junto a García Márquez, a quien llamó para que fuera su colaborador; sin embargo la experiencia fue amarga: el proyecto no prosperó, era difícil que El Nacional sacara las dos ediciones a tiempo, y los periodistas de planta se confabularon contra el nuevo estilo del periódico. Fue despedido en diciembre de ese mismo año.1

Diario del Caribe (1961-1972)

Cepeda Samudio entró a trabajar como director del Diario del Caribe el 12 de octubre de 1961, poco después de que Mario Santo Domingo comprara el periódico. Llevaba más de cinco años sin ejercer la profesión, pero conservaba su idea de reformar el periodismo de Barranquilla y Colombia. En poco tiempo, el diario tuvo una diagramación novedosa, con muchas fotografías y titulares en rojo para destacar las noticias, además de una inmediatez que en ocasiones le permitía tener edición matutina y vespertina. También se publicaron más notas culturales y crónicas, con el propósito de diferenciarlo de El Heraldo. Bajo su mando estuvo su esposa Teresa, Plinio Apuleyo Mendoza, Arnaldo Valencia Conto, Hernando Gómez Oñoro, entre otros.1 Como periodista, Cepeda Samudio es recordado por las crónicas que le hiciera a personajes como el compositor Leandro Díaz y al futbolista Garrincha, las cuales tuvieron repercusión nacional. Así mismo, sus editoriales eran cómicas, contundentes y polémicas, frecuentemente dirigidas a las personas pudientes de Barranquilla, a quienes calificaba como 'los Bobales' por su interés en crear comités y asociaciones que no tenían utilidad alguna. Desde 1963 llevó la columna Don Custodio, en las que, haciéndose pasar por un hombre canoso, de gafas y saco, opinaba con libertad y humor sobre los asuntos políticos de la ciudad.1 Se retiró del Diario del Caribe el 10 de febrero de 1972, ya que tenía la intención de dedicarse por completo a la escritura y el cine. Fue reemplazado en el cargo por Francisco Posada de la Peña.1


Cine

Cepeda Samudio se aficionó al cine desde niño, cuando su padre Luciano le trajo desde Panamá una máquina para ver películas en casa. Años después, siendo estudiante de bachillerato, trabajó como acomodador en el cine Rex para poder ver gratis las cintas del momento. Durante sus estudios en Nueva York frecuentaba Thalia Cimena, el cual proyectaba cine independiente o películas que tardaban meses en llegar a Barranquilla. En 1957 fundó el primer cineclub de la ciudad en compañía de Carlos Dieppa;22 23 la primera función tuvo lugar el 18 de marzo en el teatro Metro, con la proyección de El placer, de Mark Ophuls. Cepeda Samudio dirigió el cineclub por los siguientes tres años.1 Fundó, junto con Luis Ernesto Arocha, el Centro Cinematográfico del Caribe. Desde esta institución filmaron el Noticiero del Caribe en 1969, durante año y medio, el cual era proyectado en las salas de cine de Barranquilla. En 1970 filmaron un documental sobre el Carnaval de Barranquilla y dos años después filmaron tres documentales: Carnaval de Barranquilla, Barranquilla y el Atlántico, y La Subienda, que no fue finalizado.1

Con frecuencia, sus columnas trataban sobre cine. Reseñó películas como La noche, de Michelangelo Antonioni; El Gatopardo, de Luchino Visconti; El ángel exterminador, de Luis Buñuel, Casablanca, de Michael Curtiz, entre otras.1 24
La langosta azul (1954)

Desde 1950, Cepeda Samudio albergaba la idea de hacer cine. Durante una conversación con Gabriel García Márquez tuvo una idea que decidió filmar. Con el apoyo de Luis Vicens, fundador del Cinecub de Colombia, y Enrique Grau, quien para ese momento era escenógrafo de televisión, comenzó a rodar el cortometraje La langosta azul.25 La cinta fue realizada en 1954 en el corregimiento de La Playa, una vez descartaron hacerlo en Tolú. La producción, el guión, el montaje y la dirección, corrieron por cuenta de Cepeda Samudio, Vicens y Grau, con actuaciones de Cecilia Porras, Nereo López, Grau y el mismo Cepeda Samudio. Gabriel García Márquez revisó el guión, y, según Grau, su crédito aparece en copias posteriores de la cinta principalmente para darla a conocer al mundo.1

La langosta azul es una película muda de ciencia ficción, rodada a blanco y negro, con una duración de veintiocho minutos y cuarenta y cinco segundos. Trata sobre un agente secreto estadounidense que llega a un pueblo con una misteriosa langosta azul radioactiva; su preocupación crece cuando pierde al animal, el cual busca desesperadamente por el lugar. Los habitantes entienden que la langosta representa un peligro para todos, aunque no entienden de qué manera.1 26 27

El cortometraje tuvo varios estrenos en Barranquilla y participó en los festivales de cine de Biarritz, Huelva y Lyon, décadas después de su aparición.1 En 2013 fue presentada de nuevo en Barranquilla en el primer Festival Internacional de Cine de la ciudad, contando esta vez con musicalización.28 29 30


Más:
http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%81lvaro_Cepeda_Samudio





Cuento: Alvaro Cepeda Samudio - El piano blanco - Bio data - Links a mas Cuento




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