Gedicht - Poesia: Kurt Tucholsky - Ein Geniesser - Un Sibarita - Deutsch - Español - Links

Posted by ricardo marcenaro | Posted in | Posted on 9:14







EIN GENIESSER








Der dicke Mann spricht:

»Wir marschierten damals von Suwalki in den Tannenwald, den Kriegsschauplatz aufzuräumen. Ich war kein Held – ich bin zu dick. Und der Marsch war so beschwerlich –, den ganzen Weg über sprachen wir über Literatur und kühles Pilsner. Und da habe ich mir geschworen: Theobald, habe ich zu mir gesagt, wenn du hier noch mal gesund wieder rauskommst: du wirst dich in Watte legen. Du wirst überhaupt nie mehr marschieren. Du wirst dich pflegen wie eine Wöchnerin. Ehrenwort. (Wir Soldaten geben uns immer das Ehrenwort.) Gut; der Marsch nahm ein Ende, Suwalki blieb da liegen, wo es immer gelegen hat, der Krieg war aus.

Nun, ich habe mich nicht in Watte gelegt. Und ich marschiere auch noch ganz gut. Aber eine Gewohnheit ist mir geblieben, und Sie glauben nicht, wieviel Freude sie einem macht:

Sehen Sie, da ist dieses blitzend-kalte Glas Wasser. Wenn ich das… Sie erlauben… trinke, dann sehe ich in die kleine Wasserfläche, die da schräg im Glase steht, und denke mir mein Teil.

Ich denke mir nämlich:

Jetzt auf einer heißen Chaussee, mit der Kompanie, und ein Staub und eine Hitze, und diese schwere Wolke von Mannsgeruch über den Reihen, das Hemd klebt am Körper, an den Oberschenkeln heult ein Wolf, den ich mir gelaufen habe, und der Tornister drückt… und was soll das alles… mein Gott… jetzt ein Glas kaltes Wasser… und es ist alles nicht wahr! – Da ist das Glas kalten Wassers, und ich trinke es nun nicht einfach so herunter, nein, ich schmecke seine Kühle, ich lasse es gluckernd durch die Kehle rinnen, ich trinke mit den Kiemen wie ein Fisch, ich koste alle Leiden, die ich nicht zu erleiden brauche –, Sie! das ist ein großer Genuß.

Und so mache ich es in vielen Lagen des Lebens.

Bei mir geht es, wie Sie sehen, recht bescheiden zu. Aber denken Sie doch, was hier alles nicht ist:

Ich gehe umher, und kein Chef sagt zu mir: ›Wenn man natürlich morgens nicht pünktlich da ist, dann hat man abends lange zu tun.‹

Kein Arzt sagt: ›Na, da kommen Sie mal rein –, da will ich mich mal ein bißchen an Ihnen vergreifen! Schwester! Das Kokain – Kopf mehr zurück… noch mehr…‹

Keine Frau sagt zu mir: ›So! Ach sieh mal an! Und der Brief von Hedy? Das war wohl auch nichts? Nein, das war gar nichts! Und wie Fanny gestern… meinst du, ich habe nicht gesehen, wie du Fanny deine Glupschaugen gemacht hast, und noch dazu in meiner Gegenwart, ihr könnt ja nicht mal warten, bis ich aus dem Zimmer bin –, du bist ein alter Bock! Dir ist das ganz gleich, wer das ist – wenn sie nur…‹

Kein Konsulatsbeamter sagt: ›Kommen Sie wegen des Visums morgens nochmal. Wir brauchen dazu ein Impfzeugnis Ihrer Großmutter und eine schriftliche Bescheinigung, daß Sie in unserem Lande keine Papageienzüchterei aufmachen wollen. Und… haben Sie selbst ansteckende Krankheiten?… oder sind Sie Bolschewist…?‹

Kein stellvertretender Parteivorsitzender gibt mir seine ›Einstellung‹ kund.

Keine launenhafte kleine Frau teilt mir mit, daß sie heute nicht wolle und überhaupt nie mehr.

Denken Sie doch, was hier alles nicht ist! Sie! Das ist ein großer Genuß.

Stoiker? Ach, gehen Sie. Marc Aurel? Sehe ich aus wie ein römischer Kaiser? Nein, dergleichen ist es gar nicht. Ich habe nur im Kriege gelernt:

Wenn man sich allemal vergegenwärtigt, wieviel Malheur es auf der Welt gibt, und daß man zufällig im Augenblick nicht daran beteiligt ist, dann schmeckt der Augenblick noch einmal so gut. Ich lebe nicht auf den Höhen des Daseins. Aber man möchte doch gern auf den Höhen des Daseins leben. Und da grabe ich mir eben so meine kleine Grube und blicke hinunter in die gähnende Tiefe… Glück privat.«
   
(1930)




UN SIBARITA
 



El hombre gordo dice:

«Marchábamos entonces desde Suwalki hacia el bosque de abetos, para limpiar el teatro de operaciones. Yo no era ningún héroe… soy demasiado gordo. Y la marcha era tan fatigosa… todo el camino hablamos de literatura y cerveza Pilsen fresca. Y entonces me juré: Theobald, me dije, si sales de aquí sano y salvo: te pondrás entre algodones. Jamás volverás a marchar. Te cuidarás como una parturienta. Palabra de honor. (Nosotros, los soldados, nos damos siempre la palabra de honor.) Bueno; la marcha llegó a su fin, Suwalki quedó allá donde siempre ha estado, la guerra terminó.

Pues bien, yo no me he puesto entre algodones. Y hasta marcho aún sin ninguna dificultad. Pero una costumbre me ha quedado, y Ud. no va a creer cuánto placer encuentra uno en ella:

Mire Ud., he aquí este refulgente vaso de agua fría. Si yo… con su permiso… lo bebo, miro entonces la pequeña superficie de agua que en él se inclina, y pienso mi parte.

Pienso en realidad:

Ahora sobre un camino ardiente, con la compañía, y una polvareda, y un calor, y esta pesada nube oliendo a hombre sobre las filas, la camisa se pega al cuerpo, en los muslos se enconan las llagas que me pesqué, y la mochila pesa… y para qué todo esto… Dios mío… ahora un vaso de agua fría… y ¡nada es verdad! – Aquí está el vaso de agua fría, y no voy a bebérmelo así simplemente hasta el fondo, no, saboreo su frescura, lo dejo correr gorgoteando por la garganta, bebo con las agallas como un pez, paladeo todos los sufrimientos que no tengo que sufrir… Mire Ud., esto es un gran placer.

Y así hago en muchas circunstancias de la vida.

En mi ámbito, como puede apreciarlo, reina en verdad la modestia. Pero piense, en todo lo que no está aquí:

Ando de un lado a otro, y ningún jefe me dice: ‹Por supuesto, si no se llega puntualmente a la mañana, hay a la tarde mucho que hacer.›

Ningún médico me dice: ‹A ver, ¡pase – lo voy a manosear un poquito! ¡Enfermera! La cocaína… más atrás la cabeza… más…›

Ninguna mujer me dice: ‹¡Ahá! ¡Ah, pero mira un poco! ¿Y la carta de Hedy? ¿Eso tampoco fue nada, no es cierto? ¡No, eso no fue nada! Y como Fanny ayer… crees que no vi los ojos saltones con que miraste a Fanny, y encima en mi presencia, no podéis esperar siquiera a que yo salga de la habitación… ¡eres un viejo cabrón! Te da lo mismo quién sea… con tal de que ella…›

Ningún empleado consular dice: ‹Venga por la visa mañana otra vez. Para ella necesitamos un certificado de vacunación de su abuela y una constancia escrita de que Ud. no va a abrir en nuestro país un criadero de papagayos. Y… ¿padece de enfermedades contagiosas?… ¿o es Ud. bolchevique…?›

Ningún vicepresidente partidario me hace público testimonio de su ‹posición›.

Ninguna caprichosa señorita me comunica que hoy no quiere, y que no querrá nunca más.»

¡Piense, en todo lo que no está aquí! Mire Ud., esto es un gran placer.

¿Estoico? Ah, por favor. ¿Marco Aurelio? ¿Parezco acaso un emperador romano? No, nada de eso. Tan sólo, he aprendido en la guerra:

Si se tiene siempre presente cuánta desdicha hay en el mundo, y que uno por casualidad no participa de ella, el sabor del instante es dos veces mejor. Yo no vivo en las cimas de la existencia. Sin embargo, en las cimas de la existencia viviría uno de buen grado. Cavo entonces mi pequeña cueva y miro hacia abajo, hacia la insondable hondura… Dicha privada.

(1930)







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