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Posted by Ricardo Marcenaro | Posted in | Posted on 9:46







Capítulo III

La prohibición vinculada a la reproducción

En nosotros, una prohibición universal se opone a la libertad animal de la sexualidad
Luego volveré sobre la relación complementaria que une a la prohibición —que rechaza la violencia— con unos impulsos de transgresión que la liberan.  Estos movimientos impulsivos en sentido contrario tienen una suerte de unidad: ya, cuando quise pasar de la erección de una barrera a su demolición, llegué a poner en cuestión un grupo de prohibiciones paralelas a las que suscita la muerte.  Sólo en un segundo término podía hablar de las prohibiciones que tienen a la sexualidad por objeto. Tenemos indicios muy antiguos de las costumbres referentes al trato dado a la muerte; en cambio, los documentos prehistóricos sobre la sexualidad son más recientes. Son de tal clase además que nada podemos concluir de ellos. Se conservan enterramientos del paleolítico medio, pero los testimonios que tenemos de la actividad sexual de los primeros hombres no se remontan más allá del paleolítico superior. El arte —esto es, la representación—, que no aparece aún con el hombre de Neandertal,1  comienza con el homo sapiens; aunque, por lo demás, son escasas las imágenes que nos dejó de sí mismo. Desde el principio, esas imágenes son itifálicas. Sabemos, pues, que la actividad sexual, al igual que la muerte, interesó a los hombres desde muy temprano; pero en este caso no podemos, como para la muerte, deducir de un dato tan vago una clara indicación. Las imágenes itifálicas, evidentemente, dan testimonio de una relativa libertad. Sin embargo no pueden probar que quienes las trazaron se atenían, en este plano, a la libertad ilimitada. Sólo podemos decir que, en oposición al trabajo, la actividad sexual es una violencia que, como impulso inmediato que es, podría perturbarlo; en efecto, una colectividad laboriosa, mientras está trabajando, no puede quedar a merced de la actividad sexual. Así pues, tenemos fundamentos para pensar que, ya desde el origen, la libertad sexual debió de ser afectada por un límite, al que hemos de dar el nombre de prohibición, sin que con ello podamos decir nada de los casos en los que se aplicaba. A lo sumo podemos creer que inicialmente ese límite lo determinó el tiempo del trabajo. La única verdadera razón que tenemos para admitir la muy antigua existencia de una prohibición como ésa es el hecho de que en todas las épocas, como en todos los lugares —en la medida en que tenemos información al respecto—, el hombre se define por una conducta sexual sometida a reglas, a restricciones definidas. Así, el hombre es un animal que ante la muerte y ante la unión sexual se queda desconcertado, sobrecogido. Según los casos se queda más o menos turbado y sin saber qué hacer, pero siempre su reacción difiere de la de los demás animales.
Estas prohibiciones o restricciones varían grandemente según los tiempos y los lugares. No todos los pueblos sienten del mismo modo la necesidad de ocultar los órganos de la sexualidad; pero generalmente ponen siempre fuera de la vista al órgano masculino en erección. También, en principio, el hombre y la mujer se retiran a la soledad en el momento de la cópula.  La desnudez, en las civilizaciones occidentales, ha llegado a ser objeto de una prohibición bastante grave y generalizada; pero en nuestros tiempos se cuestiona lo que había parecido fundamental. Por lo demás, la experiencia que tenemos de los posibles cambios no nos muestra el sentido arbitrario de las prohibiciones; prueba al contrario el profundo sentido que tienen a pesar de los cambios superficiales, de los cambios referidos a algún punto que, tomado en sí mismo, no tuvo importancia. Ahora conocemos la fragilidad de los aspectos que hemos dado a lo que fue una prohibición informe, de la cual proviene la necesidad de que la actividad sexual esté sometida a unas restricciones que generalmente son observadas. Pero en esta ocasión hemos adquirido la certeza de una regla fundamental que exige nuestra sumisión a unas restricciones cualesquiera, tomadas en común. La prohibición que en nosotros se opone a la libertad sexual es general, universal; las prohibiciones particulares son sus aspectos variables.
Me asombra ser el primero en decirlo tan claramente. Resulta banal aislar una «prohibición» particular, como lo es la del incesto —que es solamente un «aspecto»—, y buscar su explicación sólo fuera de su fundamento universal, que no es otro que la prohibición informe y universal de la que es objeto la sexualidad.  No obstante, hay una excepción entre los que tratan este tema. Roger Caillois escribe: «Algunos problemas que han hecho correr mucha tinta, como la prohibición del incesto, sólo no podrán encontrar una solución ajustada si los consideramos casos particulares de un sistema que abarca la totalidad de las prohibiciones religiosas en una sociedad dada.»2 Desde mi punto de vista, la fórmula de Caillois es perfecta en su comienzo, pero, cuando habla de «una sociedad dada», se refiere aún a un caso particular, a un solo aspecto. Lo que ha llegado el momento de tomar en consideración es la totalidad de las prohibiciones religiosas en todo tiempo y en todas las latitudes. La fórmula de Caillois me compromete a decir ya desde este momento y sin más demora, que esta «prohibición informe y universal» es siempre la misma.  Tal como cambia su forma, su objeto cambia; tanto si lo que está en cuestión es la sexualidad como si lo es la muerte, siempre está en el punto de mira la violencia; la violencia que da pavor, pero que fascina.


La prohibición del incesto

El «caso particular» de la prohibición del incesto es el que más llama la atención. Hasta el punto de que, en la representación general que se suele tener de ella, sustituye a la prohibición sexual propiamente dicha. Todo el mundo sabe que existe una prohibición sexual, informe e imposible de captar, y que la humanidad entera la observa; pero, de un acatamiento tan diverso según los tiempos y los lugares, nadie ha extraído una fórmula que permita hablar en términos generales. La prohibición del incesto, que no es menos universal, se traduce en costumbres precisas, siempre bastante rigurosamente formuladas; y su definición general la da una única palabra, cuyo sentido formal no se discute. Esta es la razón por la que el incesto ha sido objeto de numerosos estudios, mientras que la prohibición, de la que el incesto es sólo un caso particular y del que se deriva un conjunto sin coherencia, no tiene lugar en el espíritu de quienes tienen ocasión de estudiar los comportamientos humanos. Aunque, claro está, la inteligencia humana se ve llevada a considerar lo que es simple y definible, y a descuidar lo que es vago, variable y difícil de captar. Así, la prohibición sexual ha escapado hasta el presente de la curiosidad de los investigadores, al tiempo que las formas variadas del incesto, no menos claramente determinadas que las especies animales, les proponían lo que a ellos les gustaba: enigmas por resolver, sobre los cuales ejercer su sagacidad.
En las sociedades arcaicas, la clasificación de las personas según su relación de parentesco y la determinación de los casamientos prohibidos ha llegado a constituirse a veces como una verdadera ciencia. El gran mérito de Claude Lévi-Strauss es haber encontrado, en los meandros infinitos de las estructuras familiares arcaicas, el origen de unas particularidades que no pueden provenir únicamente de esa vaga prohibición fundamental que llevó a los hombres, de manera generalizada, a la observación de unas leyes opuestas a la libertad animal. Las disposiciones que afectan al incesto respondían de entrada a la necesidad de encadenar según unas reglas una violencia que, de permanecer libre, hubiera podido perturbar el orden al que la colectividad quería plegarse. Ahora bien, con independencia de esta determinación fundamental, se requirieron leyes equitativas para distribuir a las mujeres entre los hombres; estas disposiciones, extrañas y precisas, se comprenden si tomamos en consideración el interés de una distribución regular. La prohibición actuaba en el sentido en que lo hace una regla cualquiera; pero las reglas que hacían al caso pudieron haber sido adoptadas en respuesta a unas preocupaciones secundarias que no tenían nada que ver con la violencia sexual y con el peligro que ésta presentaba para el orden razonable. Si Lévi-Strauss no hubiese mostrado qué origen tuvo tal o cual aspecto de la regla matrimonial, no habría ninguna razón para no buscar en ella el sentido de la prohibición del incesto; pero el aspecto del que se trataba había respondido simplemente a la preocupación por solucionar el problema del reparto de las mujeres disponibles a través del don.
Si persistimos en dar sentido al impulso general hacia el incesto —el que prohíbe la unión física entre parientes próximos—, debemos pensar primero en ese fuerte sentimiento que aún persiste. Este sentimiento no es fundamental, pero tampoco lo eran en sí mismas las conveniencias que decidieron tal o cual modalidad de la prohibición. Parece natural, en un primer movimiento, buscar su causa a partir de las formas aparentemente más antiguas. Una vez llevada lo bastante lejos la investigación, lo que aparece es todo lo contrario. Lo que se ha podido poner de manifiesto como causa no pudo de ninguna manera ordenar el principio de una limitación; lo que sí pudo fue utilizar ese principio para unos fines ocasionales. Debemos remitir el caso particular a «la totalidad de las prohibiciones religiosas», tal como las conocemos y no hemos dejado de sufrir. ¿Hay algo más firme en nosotros que el horror por el incesto? (A él le asocio el respeto para con los muertos; pero sólo en un desarrollo ulterior mostraré esa unidad primera en la que aparece ligado todo el conjunto de las prohibiciones.) Según nuestro modo de ver, es inhumano unirse físicamente con el padre o con la madre; e igualmente con el hermano o con la hermana.  La determinación de aquellos a quienes no debemos conocer sexualmente es variable. Sin que la regla haya sido nunca definida, sabemos que, en principio, no debemos unirnos con quienes vivían en el hogar familiar cuando nacimos; de este lado, hay una limitación que sin duda sería más clara sin la intervención de otras prohibiciones variables, arbitrarias para quienes no se someten a ellas. Un núcleo central bastante simple y constante y, a su alrededor, una movilidad compleja y arbitraria caracterizan esa prohibición elemental. Más o menos en todas partes encontramos ese núcleo sólido, a la vez que la movilidad fluida que lo rodea. Y es esa movilidad lo que disimula el sentido del núcleo. El núcleo no es en sí intangible, pero, cuando lo tomamos en consideración, percibimos mejor el horror primero, que repercute a veces al azar y a veces según conveniencias. Se trata siempre esencialmente de una incompatibilidad entre la esfera donde domina la acción tranquila y razonable, y la violencia del impulso sexual. En el curso del tiempo, las reglas que provienen de ese núcleo, ¿podían definirse sin un formalismo variable y arbitrario?3


La sangre menstrual y la sangre del parto

Otras prohibiciones asociadas a la sexualidad no nos parecen menos reductibles que el incesto al horror sin forma de la violencia.  Es el caso de la prohibición que cae sobre la sangre menstrual y sobre la sangre del parto. Estos líquidos son considerados manifestaciones de la violencia interna. Por sí misma, ya la sangre es signo de violencia. El líquido menstrual tiene, además, el sentido de la actividad sexual y de la mancha que de ella proviene; esa suciedad es uno de los efectos de la violencia.  Y el parto no puede ser dejado fuera de ese conjunto: ¿no es en sí mismo un desgarramiento, un exceso que desborda el curso de los actos que están dentro del orden? ¿No tiene el sentido de esa desmesura sin la que nada podría pasar de la nada al ser, ni del ser a la nada? Hay sin duda un elemento gratuito en estas apreciaciones. Por ello, aunque seamos aún sensibles al horror de esas manchas, las prohibiciones de las que se trata nos aparecen insignificantes. No se trata en ellas del núcleo estable del que hablaba. Esos aspectos subsidiarios se cuentan en el número de los elementos reductibles que rodean ese núcleo mal definido






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