Poesia: Arthur Rimbaud - Poesia Completa - Parte 1 - Versos Escolares - Poemas en Latin - El sueño del escolar

Posted by ricardo marcenaro | Posted in | Posted on 1:48








I. VERSOS ESCOLARES



A.    POEMAS EN LATÍN1

1 Estos poemas (cinco, más uno perdido) son simples ejercicios escolares ––si en Rimbaud algo
es simple ejercicio. Esta condición los diferencia de los poemas en latín escritos por
Baudelaire, y que éste incluye en Las flores del mal, como textos de creación que merecen un
lugar en su obra. El que sean ejercicios de clase ha llevado a los editores de la obra de Rimbaud
a no tenerlos en cuenta en muchas ocasiones. Creemos que es un error. Su importancia es
enorme: no sólo hablan de la capacidad intelectual del joven poeta, son ––y esto es mucho más
importante–– textos en los que queda perfilado el imaginario del poeta, de una manera mucho
más precisa de lo que cabía esperar. Su imaginario íntimo y su imaginario exótico: su amor y
añoranza crispadas del nido materno y su sueño de países lejanos, bajo el signo del padre. Las
traducciones francesas diluyen la sintaxis latina de Rimbaud: concisa y apretada en su juego de
inversiones. Hemos intentado recuperar esa concisión, aunque la sintaxis española (en menor
medida que la francesa) sea un grave obstáculo.
2 Poema escrito en clase de Seconde, con catorce años (tiempo concedido por el profesor, tres
horas). Se trataba de glosar unos versos de Horacio (Libro III, Oda IV).


1
EL SUEÑO DEL ESCOLAR2



Era la primavera, y Orbilio languidecía en Roma, enfermo, inmóvil:
entonces, las armas de un profesor sin compasión iniciaron una tregua:
los golpes ya no sonaban en mis oídos
y la tralla ya no cruzaba mis miembros con permanente dolor.
Aproveché la ocasión: olvidando, me fui a las campiñas alegres.
Lejos de los estudios y de las preocupaciones, una apacible alegría hizo renacer
 mi fatigada mente.
Con el pecho hinchado por un desconocido y delicioso contento,
olvidé las lecciones tediosas y los discursos tristes del maestro;
disfrutaba al mirar los campos a lo lejos y los alegres milagros de la tierra primaveral.
Cuando era niño, sólo buscaba los paseos ociosos por el campo:
sentimientos más amplios cabían ahora en mi pequeño pecho;
no sé que espíritu divino le daba alas a mis sentidos exaltados;
mudos de admiración, mis ojos contemplaban el espectáculo;
en mi pecho nacía el amor por los cálidos campos:
como antaño el anillo de hierro que al amante de Magnesia atrae, con una fuerza
secreta, atándolo sin ruido gracias a invisibles ganchos.

Mientras, con los miembros rotos por mis largos vagabundeos,
me recostaba en las verdes orillas de un río,
adormecido por su suave susurro, llevado por mi pereza y acunado por el concierto
de los pájaros y el hálito del aura,
por el valle aéreo llegaron unas palomas,
blanca bandada que traía en sus picos guirnaldas de flores cogidas por Venus,
bien perfumadas, en los huertos de Chipre.
Su enjambre, al volar despacioso, llegó al césped donde yo descansaba, tendido,
y batiendo sus alas a mi alrededor, me rodearon la cabeza, liándome las manos,
con una corona de follaje
y, tras coronar mis sienes con ramos de mirto aromado, me alzaron, por los aires,
cual levísimo fardo...
Su bandada me llevó por las altas nubes, adormecido bajo una fronda de rosas;
el viento acariciaba con su aliento mi lecho acunado suavemente.
Y en cuanto las palomas llegaron a su morada natal, al pie de una alta montaña,
y se alzaron con un vuelo rápido hasta sus nichos suspendidos,
me dejaron allí, despierto ya, abandonándome.
¡Oh dulce nido de pájaros!...
Una luz restallante de blancura, en tomo a mis hombros, me viste todo el cuerpo
con sus rayos purisimos:
luz en nada parecida a la penumbrosa luz que, mezclada con sombras, oscurece
nuestras miradas.
Su origen celeste nada tiene en común con la luz de la tierra.
Y una divinidad me sopla en el pecho un algo celeste y desconocido, que corre
por mí como un río.

Y las palomas volvieron trayendo en su pico una corona de laurel trenzada
semejante a la de Apolo cuando pulsa con los dedos las cuerdas3;
y cuando con ella me ciñeron la frente4,
el cielo se abrió y, ante mis ojos atónitos, volando sobre una nube áurea,
el mismo Febo5 apareció, ofreciéndome con su mano el plectro6 armonioso,
y escribió sobre mi cabeza con llama celeste estas palabras:
«SERAS POETA»...
Al oírlo, por mis miembros resbala un calor extraordinario, del mismo modo que,
en su puro y luciente cristal, el sol enardece con sus rayos la límpida fuente.
Entonces, también las palomas abandonan su forma anterior:
el coro de las Musas aparece, y suenan suaves melodías;
me levantan con sus blandos brazos,
proclamando por tres veces el presagio y ciñéndome tres veces de laureles7.


(6 de noviembre de 1868)
RIMBAUD ARTHUR
Nacido en Charleville, el 20 de octubre de 1854
Libre externo del colegio de Charleville



3 De la lira.
4 Lo que hace inmortal al poeta ––de catorce años.
5 El nacimiento a la poesía bajo el signo de Apolo es doble: será poeta de exaltación lírica (jamás
elegíaco, circunstancialmente satírico), pero esta exaltación le vendrá del don de la energía










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