Filosofia: Cioran - Desgarradura - Parte 7 - Esbozos del vertigo - Parte 2 del libro - Links a los seis textos que anteceden

Posted by ricardo marcenaro | Posted in | Posted on 0:09










PARTE 2


 Durante años, estudié los defectos de X. con el propósito de perfeccionarme... El daba importancia a todo; yo comprendí que eso es lo único que no hay que hacer: ¡de cuántos entusiasmos me ha librado su ejemplo, siempre presente en mí!

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 Qué sobrecogimiento al encontrar ese pasaje donde Jacqueline Pascal ensalza los progresos de su hermano en el "deseo de ser aniquilado en la estima y la memoria de los hombres".
 Esa es la vía que yo esperaba tomar, que incluso he tomado a veces, el camino en el que me atasqué...

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 En las malas noches, llega un momento en el que dejamos de agitarnos y nos rendimos; ese momento nos produce cierta paz, triunfo invisible, suprema recompensa por los tormentos pasados. Aceptar es el secreto de los límites. Nada iguala al luchador que renuncia, nada es comparable al éxtasis de la capitulación...

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 Según Nagarjuna, espíritu extremadamente sutil que sobrepasó incluso el nihilismo, lo que Buda ofreció al mundo es el "néctar de la vacuidad". En los confines del análisis más abstracto y destructor, ¿no es una debilidad, una concesión, evocar un brebaje, aunque sea el de los dioses?  Por muy lejos que vayamos, siempre arrastraremos la indignidad de ser  o haber sido  hombres.

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 En aquella cena ruidosa charlábamos de todo y de nada. De pronto, el sonriente retrato de X. atrajo mi mirada: qué contento parecía, qué luz emanaba de su rostro; siempre feliz, hasta en pintura. Comencé a envidiarlo, a odiarlo como si él hubiera usurpado todas mis oportunidades. Después sentí alivio, un bienestar repentino, al recordar que estaba muerto.

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 Estoy cada vez más de acuerdo con Epicuro cuando se burla de quienes, fieles a los intereses de su patria, no vacilan en sacrificar por ella lo que él llama la corona de la ataraxia.

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 Cavilaba frente al mar acerca de miserias pasadas y recientes, sin dejar de advertir lo ridículo que resultaba ocuparse de sí mismo teniendo ante los ojos el más vasto de los espectáculos. Así que cambié rápidamente de tema.

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 En plena madrugada, sumido en un libro completamente frívolo, pienso en un amigo desaparecido hace tiempo cuyas opiniones eran importantes para mí. ¿Qué hubiera dicho él de haber visto cómo empleo mis horas nocturnas? Sólo debería importarnos el punto de vista de los muertos, pues es el único verdadero, si es que puede hablarse de la verdad en alguna ocasión.

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 Cuando se viene al mundo con una conciencia de culpable, como si se hubieran perpetrado grandes crímenes en otra vida, da igual que cometamos uno en ésta, puesto que cargamos ya con remordimientos cuyo origen y necesidad no logramos descubrir.

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 Después de haber cometido una bajeza, casi siempre nos sentimos consternados. Consternación impura; apenas experimentada, ya estamos pavoneándonos de ella, orgullosos de haber sentido una indignación tan noble, aunque haya sido contra nosotros mismos.

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 Lo que se escribe da una imagen incompleta de lo que se es, por la sencilla razón de que las palabras surgen y cobran vida solamente cuando se está en el punto más alto o más bajo de sí mismo.

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 Especulando hace un momento sobre la infinitud del tiempo, no he tenido, miserable de mí, la decencia de desvanecerme. No deberíamos poder seguir de pie tras haber percibido lo que de terrible esconde semejante tópico.

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 Mirando fotografías de una misma persona a edades diferentes, se comprende que el Tiempo haya sido calificado de mago. Sus operaciones son inverosímiles, pasmosas, verdaderos milagros, aunque milagros al revés. Ese mago es más bien un demoledor, un ángel sádico, un funcionario del Rostro.

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 Mientras hablo por teléfono con X., que me llama desde el manicomio, pienso que un cerebro estropeado no tiene solución, que es imposible arreglarlo, que ignoramos cómo actuar sobre miles de millares de células deterioradas o rebeldes; en resumen, que no se repara el Caos.

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 La expresión concentrada o convulsiva, la mímica del ambicioso, me revuelve el estómago. Yo mismo, en mi juventud, fui presa de ambiciones desmedidas, y ahora me repugna hallar en otros los estigmas de mis comienzos.

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 ¿Cómo distinguir la parte de profundidad y de impostura que hay en toda expresión oscura? El pensamiento nítido se detiene en sí mismo, víctima de su probidad; el otro vaga, se esparce, salvándose por su misterio sospechoso y sin embargo inatacable.

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 Durante las horas que pasamos en vela cada instante está tan lleno y tan vacío que se erige en rival del Tiempo.

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 Sólo piensan profundamente quienes no tienen la desgracia de poseer el sentido del ridículo.

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 La posibilidad de matarse en los momentos difíciles de la vida es, según Plinio, "el mayor favor que ha recibido el hombre". Y compadece a la Divinidad, desconocedora de tentación y privilegio semejantes.
 ¡Apiadarse del Ser supremo porque no puede suicidarse! Idea incomparable, idea prodigiosa, que por sí sola probaría la superioridad de los paganos sobre sus furibundos sucesores.
 Quien habla de sabiduría no habla jamás de sabiduría cristiana, la cual nunca ha existido ni existirá. Dos mil años inútiles. Toda una religión condenada antes de nacer.

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 Profundo estremecimiento en mi infancia al oír a mi padre, a su regreso del cementerio, contar cómo una joven madre que acababa de perder a su hija había estallado en carcajadas en el momento en que descendían el ataúd a la tumba. ¿Ataque de locura? Sí y no. Porque, en el fondo, cuando asistimos a un entierro y vemos el engaño de la vida desenmascarado de repente, a todos nos gustaría reaccionar como aquella mujer. Es demasiado fuerte, es casi una provocación: la naturaleza exagera. Resulta lógico que se pueda naufragar en la hilaridad.

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 Los estados interiores cuya causa es identificable no son fecundos; los únicos que nos enriquecen son los que se producen sin que sepamos por qué. Esto es particularmente cierto de los estados excesivos, de los abatimientos y de las alegrías que amenazan la integridad de nuestra mente.

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 Publicar gemidos, interjecciones, fragmentos... tranquiliza a todo el mundo. El autor se sitúa en una posición de inferioridad respecto del lector y éste se lo agradece.

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 Todos tenemos derecho a atribuirnos la ascendencia que nos convenga o que nos explique a nuestros propios ojos. ¡Cuántas veces no habré cambiado yo de antepasados!

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 La indolencia nos libra de la prolijidad y, por lo tanto, de la impudicia inherente al rendimiento.

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 Cuando quería despachar a alguien, aquel viejo filósofo le tachaba de "pesimista", como insultándole. Para él era pesimista cualquiera que sintiese aversión por la utopía. Así, calificaba de infame a todo enemigo de espejismos.

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 Contribuir, como sea, a la disolución de un sistema, es lo que persigue quien piensa al ritmo de lo fortuito, quien se negará siempre a pensar por pensar.

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 El Tiempo, no solamente corroe a todo lo que vive, sino que se corroe también a sí mismo, como si, cansado de continuar y exasperado por lo Posible, su mejor parte, aspirase a extirparla.

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 No existe otro mundo. Ni siquiera existe este mundo. ¿Qué existe entonces? La sonrisa interior que suscita en nosotros la evidente inexistencia de uno y otro.

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 Nunca desconfiaremos bastante de la euforia. Cuanto más dure, más deberíamos alarmarnos. Pocas veces justificada, surge siempre triunfante, no sólo sin ninguna razón seria sino sin el menor pretexto. En lugar de exaltarla, más nos valdría verla como un presagio, como un aviso...

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 Siempre que nos encontramos ante una alternativa, nos sentimos perplejos; pero en cuanto eliminamos la posibilidad de elegir y asimilamos la opción al error, nuestros pasos se orientan hacia la beatitud del ser incapaz de afiliarse. Todo conflicto nos parece entonces infundado: ¿para qué combatir, sufrir, consumirse? El hombre es un animal descarriado que, preso de la duda, si ya no logra disfrutar haciendo la guerra a los demás, se vuelve hacia sí mismo para torturarse sin piedad. Convierte entonces la duda en abismo, introduce una nota sombría en el pirronismo y transforma, a la manera de Pascal, la suspensión del juicio en una interrogación desesperada.

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 La amistad es un pacto, una convención. Dos seres se comprometen tácitamente a no decir jamás lo que en el fondo piensan el uno del otro. Una especie de alianza hecha de precauciones. Cuando uno de ellos señala públicamente los defectos del otro, el pacto queda revocado, la alianza rota. Ninguna amistad resiste al hecho de que uno de los dos deje de jugar el juego. En otras palabras: ninguna amistad soporta una dosis exagerada de franqueza.

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 Yo tenía veinte años, el filósofo con quien hablaba sesenta. No sé cómo llegamos a abordar un tema tan ingrato como el de la enfermedad. "La última vez que estuve enfermo tenía once años", me confesó.
 ¡Cincuenta años de salud! No sentía por él una admiración ilimitada, pero aquella confidencia hizo que le despreciara instantáneamente.

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 Todos estamos equivocados, excepto los humoristas. Únicamente ellos, riéndose de todo, han intuido la inanidad de lo serio y hasta de lo frívolo.

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 Me reconciliaré conmigo mismo el día que acepte la muerte como se acepta una invitación a cenar: con una repugnancia divertida.
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 Sólo deberíamos importunar a alguien para anunciarle un cataclismo o hacerle un elogio que le produjera vértigo.

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 Hay que estar chiflado para lamentarse de la desaparición del hombre, en lugar de entonar un: "¡Ya era hora!"

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 Una excepción inútil, un modelo al que nadie haga caso  ese es el rango al que debemos aspirar si queremos enaltecernos ante nosotros mismos.

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 El escéptico puede llegar a admitir que la verdad existe, pero deja para los inocentes la ilusión de creer que algún día podrá ser poseída. Por lo que a mí respecta, piensa él, me atengo a las apariencias, las constato y me adhiero a ellas en la medida en que, como ser vivo, no puedo hacer otra cosa. Actúo como los demás, ejecuto sus mismos actos, pero no me confundo ni con mis palabras ni con mis gestos. Me someto a las costumbres y a las leyes, hago como si compartiera las convicciones, es decir, las manías de mis conciudadanos, sabiendo que, en última instancia, soy tan poco real como ellos.
 ¿Qué es, entonces, el escéptico? Un fantasma... conformista.

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  Deberíamos vivir como si nunca tuviéramos que morir.
  ¿Todavía no sabe usted que así vivimos todos, incluidos los atormentados por la Muerte?

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 Asistir al empobrecimiento de uno mismo, a la propia decadencia, contemplar la versión razonable del alucinado que se ha sido.

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