Prosa - Prose: Howard Phillip Lovecraft - Aire Frio - Cool air - Completo - Complete - Bio links

Posted by ricardo marcenaro | Posted in | Posted on 18:07






Me piden que explique por qué temo las corrientes de aire frío, por qué tiemblo más que otros al entrar en una habitación fría. Parece como si sintiera náuseas y repulsión cuando el fresco viento del ocaso se desliza entre la calurosa atmósfera de un apacible día otoñal. Según algunos, reacciono frente al frío como otros lo hacen frente a los malos olores, impresión que no negaré. Lo que haré es referir el caso más espeluznante que me ha sucedido, para que ustedes juzguen en consecuencia si constituye o no una razonada explicación de esta particularidad.

Es una equivocación creer que el horror se asocia íntimamente con la oscuridad, el silencio y la soledad. Yo lo sentí en plena tarde, en pleno ajetreo de la gran urbe y en medio del bullicio propio de una destartalada y modesta pensión, en compañía de una prosaica patrona y dos fornidos hombres. En la primavera de 1923 había conseguido un trabajo rutinario y mal pago en una revista de la ciudad de Nueva York; y viéndome imposibilitado de pagar un sustancioso alquiler, me mudé de una pensión barata a otra que reuniera las cualidades mínimas limpieza, un mobiliario decente y un precio lo más razonable posible. Pronto comprobé que no quedaba más remedio que elegir entre soluciones malas, pero tras algún tiempo recalé en una casa situada en la calle Catorce Oeste que me desagradó bastante menos que las otras en que me había alojado hasta entonces.

El lugar en cuestión era una mansión de piedra rojiza de cuatro pisos, que debía datar de finales de la década de 1840, y provista de mármol, cuyo herrumboso y descolorido esplendor era muestra de la exquisita opulencia que debió tener en otras épocas. En las habitaciones, amplias y de techo alto, empapeladas con el peor gusto, había un persistente olor a humedad y a dudosa cocina. Pero los suelos estaban limpios, la ropa de cama podía pasar y el agua caliente apenas se cortaba o enfriaba, de forma que llegué a considerarlo como un lugar cuando menos soportable para hibernar hasta el día en que pudiera volver realmente a vivir. La patrona, una desaliñada y casi barbuda mujer española apellidada Herrero, no me importunaba con habladurías ni se quejaba cuando dejaba encendida la luz hasta altas horas en el vestíbulo de mi tercer piso; y mis compañeros de pensión eran tan pacíficos y poco comunicativos como desearía, tipos toscos, españoles en su mayoría, apenas con el menor grado de educación. Sólo el estrépito de los coches que circulaban por la calle constituía una auténtica molestia.

Llevaría allí unas tres semanas cuando se produjo el primer extraño incidente. Una noche, a eso de las ocho, oí como si cayeran gotas en el suelo y de repente advertí que llevaba un rato respirando el acre olor característico del amoníaco. Tras echar una mirada a mi alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteaba; la humedad procedía, al parecer, de un ángulo de la fachada que daba a la calle. Deseoso de cortarla en su origen, me dirigí apresuradamente a la planta baja para decírselo a la patrona, quien me aseguró que el problema se solucionaría de inmediato.

-El doctor Muñoz- dijo en voz alta mientras corría escaleras arriba delante de mí -, ha debido derramar algún producto químico. Está demasiado enfermo para cuidar de sí mismo, cada día que pasa está más enfermo, pero no quiere que nadie lo asista. Tiene una enfermedad muy extraña. Todo el día se lo pasa tomando baños de un olor espantoso y no puede excitarse ni acalorarse. El mismo se hace la limpieza; su pequeña habitación está llena de botellas y de máquinas, y no ejerce de médico. Pero en otros tiempos fue famoso, mi padre oyó hablar de él en Barcelona, y no hace mucho le curó al fontanero un brazo que se había herido en un accidente. Jamás sale. Todo lo más se le ve de vez en cuando en la terraza, y mi hijo Esteban le lleva a la habitación la comida, la ropa limpia, las medicinas y los preparados químicos. ¡Dios mío, hay que ver la sal de amoníaco que gasta ese hombre para estar siempre fresco!

La señora Herrero desapareció por la escalera, y yo volví a mi habitación. El amoníaco dejó de gotear y, mientras recogía el que se había vertido y abría la ventana para que entrase el aire, oí arriba los macilentos pasos de la patrona. Nunca había oído hablar al doctor Muñoz, a excepción de ciertos sonidos que parecían más bien propios de un motor de gasolina. Su andar era calmo y apenas perceptible. Por unos instantes me pregunté qué extraña dolencia podía tener aquel hombre, y si su obstinada negativa a cualquier auxilio proveniente del exterior no sería sino el resultado de una extravagancia sin fundamento aparente. Hay, se me ocurrió pensar, un tremendo pathos en el estado de aquellas personas que en algún momento de su vida han ocupado una posición alta y posteriormente la han perdido.

Tal vez no hubiera nunca conocido nunca al doctor Muñoz, de no haber sido por el ataque al corazón que de repente sufrí una mañana mientras escribía en mi habitación. Los médicos me habían advertido del peligro que corría si me sobrevenían tales accesos, y sabía que no había tiempo que perder. Así pues, recordando lo que la patrona había dicho acerca de los cuidados prestados por aquel enfermo al obrero herido, me arrastré como pude hasta el piso superior y llamé débilmente a la puerta. Mis golpes fueron contestados en buen inglés por una extraña voz, situada a cierta distancia a la derecha de la puerta, que preguntó cuál era mi nombre y el objeto de mi visita; aclarados ambos puntos, se abrió la puerta contigua a la que yo había llamado.

Un soplo de aire frío salió a recibirme a manera de saludo, y aunque era uno de esos días calurosos de finales de junio, me puse a tiritar al traspasar el umbral de una amplio cuarto, cuya elegante decoración me sorprendió. Una cama plegable desempeñaba ahora su diurno papel de sofá, y los muebles de caoba, lujosas cortinas, antiguos cuadros y añejas estanterías hacían pensar más en le estudio de un señor de buena crianza que en la habitación de una casa de huéspedes. Pude ver que el vestíbulo que había encima del mío, llena de botellas y máquinas a la que se había referido la dueña, no era sino el laboratorio del doctor, y que la principal habitación era la espaciosa pieza contigua a éste cuyos confortables nichos y amplio cuarto de baño le permitían ocultar todos los aparadores y engorrosos ingenios utilitarios. El doctor Muñoz, no cabía duda, era todo un caballero culto y refinado.

La figura que tenía ante mí era de estatura baja pero extraordinariamente bien proporcionada, y llevaba un traje formal. Un rostro de nobles facciones, de expresión firme aunque no arrogante, adornada por una recortada barba de color gris metálico, y unos anticuados quevedos que protegían unos oscuros y grandes ojos coronando una nariz aguileña, conferían un toque moruno a una fisonomía por lo demás predominante celtibérica. El abundante y bien cortado pelo, que era prueba de puntuales visitas al barbero, estaba partido con gracia por una raya encima de su respetable frente. Su aspecto general sugería una inteligencia fuera de lo corriente y una crianza y educación excelente.

No obstante, al ver al doctor Muñoz en medio de aquella ráfaga de aire frío, sentí una repugnancia que nada en su aspecto podía justificar. Sólo la palidez de su tez y la extrema frialdad de su tacto podrían haber proporcionado un fundamento físico para semejante sensación, e incluso ambos defectos eran excusables habida cuenta de la enfermedad que padecía aquel hombre. Mi desagradable impresión pudo deberse a aquel extraño frío, pues no tenía nada de normal en un día tan caluroso, y lo anormal suscita siempre aversión, desconfianza y miedo.

Pero la repugnancia cedió ante la admiración, pues las extraordinarias dotes de aquel singular médico se pusieron al punto de manifiesto a pesar de aquellas heladas y temblorosas manos por las que parecía no circular sangre. Le bastó una mirada para saber lo que me pasaba, siendo sus auxilios de una destreza magistral. Al tiempo, me tranquilizaba con una voz finamente modulada, aunque hueca y carente de todo timbre, diciéndome que él era el más implacable enemigo de la muerte, y que había gastado su fortuna personal y perdido a todos sus amigos por dedicarse toda su vida a extraños experimentos para hallar la forma de detener y extirpar la muerte. Algo de benevolente fanatismo parecía advertirse en aquel hombre, mientras seguía hablando en un tono casi locuaz al tiempo que me auscultaba el pecho y mezclaba las drogas que había cogido de la pequeña habitación destinada a laboratorio hasta conseguir la dosis debida. Evidentemente, la compañía de un hombre educado debió parecerle una rara novedad en aquel miserable antro, de ahí que se lanzara a hablar más de lo acostumbrado a medida que rememoraba tiempos mejores.

Su voz tenía un efecto sedante; y ni siquiera pude percibir su respiración mientras las fluidas frases salían con exquisito esmero de su boca. Trató de distraerme de mis preocupaciones hablándome de sus teorías y experimentos, y recuerdo con qué tacto me consoló acerca de mi frágil corazón insistiendo en que la voluntad y la conciencia son más fuertes que la vida orgánica. Decía que si lograba mantenerse saludable y en buen estado el cuerpo, se podía, mediante la ciencia de la voluntad y la conciencia, conservar una especie de vida nerviosa, cualesquiera que fuesen los graves defectos, disminuciones o incluso ausencias de órganos específicos que se sufrieran. Algún día, me dijo medio en broma, me enseñaría cómo vivir, o al menos a llevar una cierta existencia consciente ¡sin corazón! Por su parte, sufría de una serie dolencias que le obligaban a seguir un régimen muy estricto, que incluía la necesidad de estar expuesto constantemente al frío. Cualquier aumento apreciable de la temperatura podía, caso de prolongarse, afectarle fatalmente; y había logrado mantener el frío que reinaba en su estancia, de unos 11 a 12 grados, gracias a un sistema absorbente de enfriamiento por amoníaco, cuyas bombas eran accionadas por el motor de gasolina que con tanta frecuencia oía desde mi habitación situada justo debajo.

Recuperado del ataque en un tiempo extraordinariamente breve, salí de aquel lugar helado convertido en ferviente discípulo y devoto del genial recluso. A partir de ese día, le hice frecuentes visitas siempre con el abrigo puesto. Le escuchaba atentamente mientras hablaba de investigaciones y resultados casi escalofriantes, y un estremecimiento se apoderó de mí al examinar los singulares y sorprendentes volúmenes antiguos que se alineaban en las estanterías de su biblioteca. Debo añadir que me encontraba ya casi completamente curado de mi dolencia, gracias a sus acertados remedios. Al parecer, el doctor Muñoz no desdeñaba los conjuros de los medievalistas, pues creía que aquellas fórmulas crípticas contenían raros estímulos psicológicos que bien podrían tener efectos indecibles sobre la sustancia de un sistema nervioso en el que ya no se dieran pulsaciones orgánicas. Me impresionó lo que me contó del anciano doctor Torres, de Valencia, con quien realizó sus primeros experimentos y que le atendió a él en el curso de la grave enfermedad que padeció 18 años atrás, y de la que procedían sus actuales trastornos, al poco tiempo de salvar a su colega, el anciano médico sucumbió víctima de la gran tensión nerviosa a que se vió sometido.

A medida que transcurrían las semanas, observé con dolor que el aspecto físico de mi amigo iba desmejorándose, lenta pero irreversiblemente, tal como me había dicho la señora Herrero. Se intensificó el lívido aspecto de su semblante, su voz se hizo más hueca e indistinta, sus movimientos musculares perdían coordinación y su cerebro y voluntad desplegaban menos flexibilidad e iniciativa. El doctor Muñoz parecía darse perfecta cuenta del empeoramiento, y poco a poco su expresión y conversación fueron adquiriendo un matiz de horrible ironía que me hizo recobrar algo de la indefinida repugnancia que experimenté al conocerle. El doctor Muñoz adquirió con el tiempo extraños caprichos, aficionándose a las especias exóticas y al incienso egipcio, hasta el punto de que su habitación se impregnó de un olor semejante al de la tumba de los faraones. Al mismo tiempo, su necesidad de aire frío fue en aumento, y, con mi ayuda, amplió los conductos de amoníaco de su habitación y transformó las bombas y sistemas de alimentación de la máquina de refrigeración hasta lograr que la temperatura descendiera a un punto entre uno y cuatro grados, y, finalmente, incluso a dos bajo cero; el cuarto de baño y el laboratorio conservaban una temperatura algo más alta, a fin de que el agua no se helara y pudieran darse los procesos químicos. El huésped que habitaba en la habitación contigua se quejó del aire glacial que se filtraba a través de la puerta de comunicación, así que tuve que ayudar al doctor a poner unos tupidos cortinajes para solucionar el problema. Una especie de creciente horror, desmedido y morboso, pareció apoderarse de él. No cesaba de hablar de la muerte, pero estallaba en sordas risas cuando, en le curso de la conversación, se aludía con suma delicadeza a cosas como los preparativos para el entierro o los funerales.

Con el tiempo, el doctor acabó convirtiéndose en una desconcertante y desagradable compañía. Pero, en mi gratitud por haberme curado, no podía abandonarle en manos de los extraños que le rodeaban, así que tuve buen cuidado de limpiar su habitación y atenderle en sus necesidades cotidianas. Asimismo, le hacía sus compras, aunque no salía de mi estupor ante algunos de los artículos que me encargaba comprar en las farmacias y almacenes de productos químicos.

Una creciente e indefinible atmósfera de pánico parecía desprenderse de su cuarto. La casa entera, como ya he dicho, despedía un olor a humedad; pero el olor de las habitaciones del doctor Muñoz era aún peor, y, no obstante las especias, el incienso y el acre, perfume de los productos químicos de los ahora incesantes baños (que insistía en tomar sin asistencia), comprendí que aquel olor debía guardar relación con su enfermedad, y me estremecí al pensar cual podría ser. La señora Herrero se santiguaba cada vez que se cruzaba con él, y finalmente lo abandonó por entero en mis manos, no dejando siquiera que su hijo Esteban siguiese haciéndole los recados. Cuando yo le sugería la conveniencia de avisar a otro médico, el paciente montaba en cólera. Temía sin duda el efecto físico de una violenta emoción, pero su voluntad y coraje crecían en lugar de menguar, negándose a acostarse. La lasitud de los primeros días de su enfermedad dio paso a un retorno de su vehemente ánimo, hasta el punto de que parecía desafiar a gritos al demonio de la muerte aun cuando corriese el riesgo de que el tradicional enemigo se apoderase de él. Dejó prácticamente de comer, algo que curiosamente siempre dio la impresión de ser una formalidad en él, y sólo la energía mental que le restaba parecía librarle del colapso definitivo.

Adquirió la costumbre de escribir largos documentos, que sellaba con cuidado y llenaba de instrucciones para que a su muerte los remitiera yo a sus destinatarios. Estos eran en su mayoría de las Indias Occidentales, pero entre ellos se encontraba un médico francés famoso en otro tiempo y al que ahora se daba por muerto, y del que se decían las cosas más increíbles. Pero lo que hice en realidad, fue quemar todos los documentos antes de enviarlos o abrirlos. El aspecto y la voz del doctor Muñoz se volvieron absolutamente espantosos y su presencia casi insoportable. Un día de septiembre, una inesperada mirada suscitó una crisis epiléptica en un hombre que había venido a reparar la lámpara eléctrica de su mesa de trabajo, ataque éste del que se recuperó gracias a las indicaciones del doctor mientras se mantenía lejos de su vista. Aquel hombre, harto sorprendentemente, había vivido los horrores de la gran guerra sin sufrir tamaña sensación de terror.

Un día, a mediados de octubre, sobrevino el horror de los horrores de forma repentina. Una noche se rompió la bomba de la máquina de refrigeración, por lo que pasadas tres horas resultó imposible mantener el proceso de enfriamiento del amoníaco. El doctor Muñoz me avisó dando golpes en el suelo, y yo hice lo imposible por repara la avería, mientras mi vecino no cesaba de lanzar imprecaciones. Mis esfuerzos resultaron inútiles; y cuando al cabo de un rato me presenté con un mecánico de un garaje nocturno cercano, comprobamos que nada podía hacerse hasta la mañana siguiente, pues hacía falta un nuevo pistón. La rabia y el pánico del moribundo ermitaño adquirieron proporciones grotescas, dando la impresión de que fuera a quebrarse lo que quedaba de su debilitado físico, hasta que en un momento dado un espasmo le obligó a llevarse las manos a los ojos y precipitarse hacia el cuarto de baño. Salió de allí a tientas con el rostro fuertemente vendado y ya no volví a ver sus ojos.

El frío reinante en la estancia empezó a disminuir de forma apreciable y a eso de las cinco de la mañana el doctor se retiró al cuarto de baño, al tiempo que me encargaba le procurase todo el hielo que pudiera conseguir en las tiendas y cafeterías abiertas durante la noche. Cada vez que regresaba da alguna de mis desalentadoras correrías y dejaba el botín delante de la puerta cerrada del baño, podía oír un incansable chapoteo dentro y una voz ronca que gritaba ¡Más! ¡Más!. Finalmente, amaneció un caluroso día, y las tiendas fueron abriendo una tras otra. Le pedí a Esteban que me ayudara en la búsqueda del hielo mientras yo me encargaba de conseguir el pistón. Pero, siguiendo las órdenes de su madre, el muchacho se negó en redondo.

En última instancia, contraté los servicios de un haragán, a fin de que le subiera al paciente hielo de una pequeña tienda, mientras yo me entregaba con la mayor diligencia a la tarea de encontrar un pistón para la bomba y conseguir los servicios de unos obreros competentes que lo instalaran. La tarea parecía interminable, y casi llegué a desalentarme al ver cómo transcurrían las horas yendo de acá para allá sin aliento y sin ingerir alimento alguno. Serían las doce cuando muy lejos del centro encontré un almacén de repuestos donde tenían lo que buscaba, y aproximadamente hora y media después llegaba a la pensión con el instrumental necesario y dos fornidos y avezados mecánicos. Había hecho todo lo que estaba en mi mano, y sólo me quedaba esperar que llegase a tiempo.

Sin embargo, un indecible terror me había precedido. La casa estaba totalmente alborotada, y por encima del incesante parloteo de las voces pude oír a un hombre que rezaba con voz profunda. Algo diabólico flotaba en el ambiente, y los huéspedes pasaban las cuentas de sus rosarios al llegar hasta ellos el olor que salía por debajo de la atrancada puerta del doctor. Al parecer, el tipo que había contratado salió precipitadamente dando histéricos alaridos al poco de regresar de su segundo viaje en busca de hielo: quizá se debiera todo a un exceso de curiosidad. En la precipitada huida no pudo, desde luego, cerrar la puerta tras de sí; pero lo cierto es que estaba cerrada y, a lo que parecía, desde el interior. Dentro no se oía el menor ruido, salvo un indefinible goteo lento y espeso.

Tras consultar brevemente con la dueña y los obreros, no obstante el miedo que me tenía atenazado, opiné que lo mejor sería forzar la puerta; pero la patrona halló el modo de hacer girar la llave desde el exterior sirviéndose de un artilugio de alambre. Con anterioridad, habíamos abierto las puertas del resto de las habitaciones de aquel ala del edificio, y otro tanto hicimos con todas las ventanas. A continuación, y protegidas las narices con pañuelos, penetramos temblando de miedo en la hedionda habitación del doctor que, orientada al mediodía, abrasaba con el caluroso sol de primeras horas de la tarde.

Una especie de rastro oscuro y viscoso llevaba desde la puerta abierta del cuarto de baño a la puerta de vestíbulo, y desde aquí al escritorio, donde se había formado un horrible charco. Encima de la mesa había un trozo de papel, garrapateado a lápiz por una repulsiva y ciega mano, terriblemente manchado, también, al parecer, por las mismas garras que trazaron apresuradamente las últimas palabras. El rastro llevaba hasta el sofá en donde finalizaba inexplicablemente.

Lo que había, o hubo, en el sofá es algo que no puedo ni me atrevo a decir aquí. Pero esto es lo que, en medio de un estremecimiento general, descifré del embardunado papel, antes de sacar una cerilla y prenderla fuego, lo que conseguí descifrar aterrorizado mientras la patrona y los dos mecánicos salían disparados de aquel infernal lugar hacia la comisaría más próxima para balbucear sus incoherentes historias. Las nauseabundas palabras resultaban poco menos que increíbles en aquella amarillenta luz solar, con el estruendo de los coches y camiones que subían calle, pero debo confesar que en aquel momento creí lo que decían. Si las creo ahora es algo que sinceramente ignoro. Hay cosas acerca de las cuales es mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que no soporto el olor a amoníaco y que me siento desfallecer ante una corriente de aire excesivamente frío.

-Ha llegado el final- rezaban aquellos hediondos garabatos- No queda hielo... El hombre ha lanzado una mirada y ha salido corriendo. El calor aumenta por momentos, y los tejidos no pueden resistir. Me imagino que lo sabe... lo que dije sobre la voluntad, los nervios y la conservación del cuerpo una vez que han dejado de funcionar los órganos. Como teoría era buena, pero no podía mantenerse indefinidamente. No conté con el deterioro gradual. El doctor Torres lo sabía, pero murió de la impresión. No fue capaz de soportar lo que hubo de hacer: tuvo que introducirme en un lugar extraño y oscuro, cuando hizo caso a lo que le pedía en mi carta, y logró curarme. Los órganos no volvieron a funcionar. Tenía que hacerse a mi manera pues, ¿comprende?, yo fallecí en aquel entonces, hace ya dieciocho años.



 Howard Phillip Lovecraft by deadhead




 Cool Air

You ask me to explain why I am afraid of a draught of cool air; why I shiver more than others upon entering a cold room, and seem nauseated and repelled when the chill of evening creeps through the heat of a mild autumn day. There are those who say I respond to cold as others do to a bad odour, and I am the last to deny the impression. What I will do is to relate the most horrible circumstance I ever encountered, and leave it to you to judge whether or not this forms a suitable explanation of my peculiarity.

It is a mistake to fancy that horror is associated inextricably with darkness, silence, and solitude. I found it in the glare of mid-afternoon, in the clangour of a metropolis, and in the teeming midst of a shabby and commonplace rooming-house with a prosaic landlady and two stalwart men by my side. In the spring of 1923 I had secured some dreary and unprofitable magazine work in the city of New York; and being unable to pay any substantial rent, began drifting from one cheap boarding establishment to another in search of a room which might combine the qualities of decent cleanliness, endurable furnishings, and very reasonable price. It soon developed that I had only a choice between different evils, but after a time I came upon a house in West Fourteenth Street which disgusted me much less than the others I had sampled.

The place was a four-story mansion of brownstone, dating apparently from the late forties, and fitted with woodwork and marble whose stained and sullied splendour argued a descent from high levels of tasteful opulence. In the rooms, large and lofty, and decorated with impossible paper and ridiculously ornate stucco cornices, there lingered a depressing mustiness and hint of obscure cookery; but the floors were clean, the linen tolerably regular, and the hot water not too often cold or turned off, so that I came to regard it as at least a bearable place to hibernate till one might really live again. The landlady, a slatternly, almost bearded Spanish woman named Herrero, did not annoy me with gossip or with criticisms of the late-burning electric light in my third-floor front hall room; and my fellow-lodgers were as quiet and uncommunicative as one might desire, being mostly Spaniards a little above the coarsest and crudest grade. Only the din of street cars in the thoroughfare below proved a serious annoyance.

I had been there about three weeks when the first odd incident occurred. One evening at about eight I heard a spattering on the floor and became suddenly aware that I had been smelling the pungent odour of ammonia for some time. Looking about, I saw that the ceiling was wet and dripping; the soaking apparently proceeding from a corner on the side toward the street. Anxious to stop the matter at its source, I hastened to the basement to tell the landlady; and was assured by her that the trouble would quickly be set right.

"Doctair Muñoz," she cried as she rushed upstairs ahead of me, "he have speel hees chemicals. He ees too seeck for doctair heemself--seecker and seecker all the time--but he weel not have no othair for help. He ees vairy queer in hees seeckness--all day he take funnee-smelling baths, and he cannot get excite or warm. All hees own housework he do--hees leetle room are full of bottles and machines, and he do not work as doctair. But he was great once--my fathair in Barcelona have hear of heem--and only joost now he feex a arm of the plumber that get hurt of sudden. He nevair go out, only on roof, and my boy Esteban he breeng heem hees food and laundry and mediceens and chemicals. My Gawd, the sal-ammoniac that man use for keep heem cool!"

Mrs. Herrero disappeared up the staircase to the fourth floor, and I returned to my room. The ammonia ceased to drip, and as I cleaned up what had spilled and opened the window for air, I heard the landlady's heavy footsteps above me. Dr. Muñoz I had never heard, save for certain sounds as of some gasoline-driven mechanism; since his step was soft and gentle. I wondered for a moment what the strange affliction of this man might be, and whether his obstinate refusal of outside aid were not the result of a rather baseless eccentricity. There is, I reflected tritely, an infinite deal of pathos in the state of an eminent person who has come down in the world.

I might never have known Dr. Muñoz had it not been for the heart attack that suddenly seized me one forenoon as I sat writing in my room. Physicians had told me of the danger of those spells, and I knew there was no time to be lost; so remembering what the landlady had said about the invalid's help of the injured workman, I dragged myself upstairs and knocked feebly at the door above mine. My knock was answered in good English by a curious voice some distance to the right, asking my name and business; and these things being stated, there came an opening of the door next to the one I had sought.

A rush of cool air greeted me; and though the day was one of the hottest of late June, I shivered as I crossed the threshold into a large apartment whose rich and tasteful decoration surprised me in this nest of squalor and seediness. A folding couch now filled its diurnal role of sofa, and the mahogany furniture, sumptuous hangings, old paintings, and mellow bookshelves all bespoke a gentleman's study rather than a boarding-house bedroom. I now saw that the hall room above mine -the "leetle room" of bottles and machines which Mrs. Herrero had mentioned -was merely the laboratory of the doctor; and that his main living quarters lay in the spacious adjoining room whose convenient alcoves and large contiguous bathroom permitted him to hide all dressers and obtrusively utilitarian devices. Dr. Muñoz, most certainly, was a man of birth, cultivation, and discrimination.

The figure before me was short but exquisitely proportioned, and clad in somewhat formal dress of perfect cut and fit. A high-bred face of masterful though not arrogant expression was adorned by a short iron-grey full beard, and an old-fashioned pince-nez shielded the full, dark eyes and surmounted an aquiline nose which gave a Moorish touch to a physiognomy otherwise dominantly Celtiberian. Thick, well-trimmed hair that argued the punctual calls of a barber was parted gracefully above a high forehead; and the whole picture was one of striking intelligence and superior blood and breeding.

Nevertheless, as I saw Dr. Muñoz in that blast of cool air, I felt a repugnance which nothing in his aspect could justify. Only his lividly inclined complexion and coldness of touch could have afforded a physical basis for this feeling, and even these things should have been excusable considering the man's known invalidism. It might, too, have been the singular cold that alienated me; for such chilliness was abnormal on so hot a day, and the abnormal always excites aversion, distrust, and fear.

But repugnance was soon forgotten in admiration, for the strange physician's extreme skill at once became manifest despite the ice-coldness and shakiness of his bloodless-looking hands. He clearly understood my needs at a glance, and ministered to them with a master's deftness; the while reassuring me in a finely modulated though oddly hollow and timbreless voice that he was the bitterest of sworn enemies to death, and had sunk his fortune and lost all his friends in a lifetime of bizarre experiment devoted to its bafflement and extirpation. Something of the benevolent fanatic seemed to reside in him, and he rambled on almost garrulously as he sounded my chest and mixed a suitable draught of drugs fetched from the smaller laboratory room. Evidently he found the society of a well-born man a rare novelty in this dingy environment, and was moved to unaccustomed speech as memories of better days surged over him.

His voice, if queer, was at least soothing; and I could not even perceive that he breathed as the fluent sentences rolled urbanely out. He sought to distract my mind from my own seizure by speaking of his theories and experiments; and I remember his tactfully consoling me about my weak heart by insisting that will and consciousness are stronger than organic life itself, so that if a bodily frame be but originally healthy and carefully preserved, it may through a scientific enhancement of these qualities retain a kind of nervous animation despite the most serious impairments, defects, or even absences in the battery of specific organs. He might, he half jestingly said, some day teach me to live--or at least to possess some kind of conscious existence--without any heart at all! For his part, he was afflicted with a complication of maladies requiring a very exact regimen which included constant cold. Any marked rise in temperature might, if prolonged, affect him fatally; and the frigidity of his habitation--some 55 or 56 degrees Fahrenheit -was maintained by an absorption system of ammonia cooling, the gasoline engine of whose pumps I had often heard in my own room below.

Relieved of my seizure in a marvellously short while, I left the shivery place a disciple and devotee of the gifted recluse. After that I paid him frequent overcoated calls; listening while he told of secret researches and almost ghastly results, and trembling a bit when I examined the unconventional and astonishingly ancient volumes on his shelves. I was eventually, I may add, almost cured of my disease for all time by his skillful ministrations. It seems that he did not scorn the incantations of the mediaevalists, since he believed these cryptic formulae to contain rare psychological stimuli which might conceivably have singular effects on the substance of a nervous system from which organic pulsations had fled. I was touched by his account of the aged Dr. Torres of Valencia, who had shared his earlier experiments and nursed him through the great illness of eighteen years before, whence his present disorders proceeded. No sooner had the venerable practitioner saved his colleague than he himself succumbed to the grim enemy he had fought. Perhaps the strain had been too great; for Dr. Muñoz made it whisperingly clear -though not in detail -that the methods of healing had been most extraordinary, involving scenes and processes not welcomed by elderly and conservative Galens.

As the weeks passed, I observed with regret that my new friend was indeed slowly but unmistakably losing ground physically, as Mrs. Herrero had suggested. The livid aspect of his countenance was intensified, his voice became more hollow and indistinct, his muscular motions were less perfectly coordinated, and his mind and will displayed less resilience and initiative. Of this sad change he seemed by no means unaware, and little by little his expression and conversation both took on a gruesome irony which restored in me something of the subtle repulsion I had originally felt.

He developed strange caprices, acquiring a fondness for exotic spices and Egyptian incense till his room smelled like a vault of a sepulchred Pharaoh in the Valley of Kings. At the same time his demands for cold air increased, and with my aid he amplified the ammonia piping of his room and modified the pumps and feed of his refrigerating machine till he could keep the temperature as low as 34 degrees or 40 degrees, and finally even 28 degrees; the bathroom and laboratory, of course, being less chilled, in order that water might not freeze, and that chemical processes might not be impeded. The tenant adjoining him complained of the icy air from around the connecting door, so I helped him fit heavy hangings to obviate the difficulty. A kind of growing horror, of outre and morbid cast, seemed to possess him. He talked of death incessantly, but laughed hollowly when such things as burial or funeral arrangements were gently suggested.

All in all, he became a disconcerting and even gruesome companion; yet in my gratitude for his healing I could not well abandon him to the strangers around him, and was careful to dust his room and attend to his needs each day, muffled in a heavy ulster which I bought especially for the purpose. I likewise did much of his shopping, and gasped in bafflement at some of the chemicals he ordered from druggists and laboratory supply houses.

An increasing and unexplained atmosphere of panic seemed to rise around his apartment. The whole house, as I have said, had a musty odour; but the smell in his room was worse--and in spite of all the spices and incense, and the pungent chemicals of the now incessant baths which he insisted on taking unaided. I perceived that it must be connected with his ailment, and shuddered when I reflected on what that ailment might be. Mrs. Herrero crossed herself when she looked at him, and gave him up unreservedly to me; not even letting her son Esteban continue to run errands for him. When I suggested other physicians, the sufferer would fly into as much of a rage as he seemed to dare to entertain. He evidently feared the physical effect of violent emotion, yet his will and driving force waxed rather than waned, and he refused to be confined to his bed. The lassitude of his earlier ill days gave place to a return of his fiery purpose, so that he seemed about to hurl defiance at the death-daemon even as that ancient enemy seized him. The pretence of eating, always curiously like a formality with him, he virtually abandoned; and mental power alone appeared to keep him from total collapse.

He acquired a habit of writing long documents of some sort, which he carefully sealed and filled with injunctions that I transmit them after his death to certain persons whom he named -for the most part lettered East Indians, but including a once celebrated French physician now generally thought dead, and about whom the most inconceivable things had been whispered. As it happened, I burned all these papers undelivered and unopened. His aspect and voice became utterly frightful, and his presence almost unbearable. One September day an unexpected glimpse of him induced an epileptic fit in a man who had come to repair his electric desk lamp; a fit for which he prescribed effectively whilst keeping himself well out of sight. That man, oddly enough, had been through the terrors of the Great War without having incurred any fright so thorough.

Then, in the middle of October, the horror of horrors came with stupefying suddenness. One night about eleven the pump of the refrigerating machine broke down, so that within three hours the process of ammonia cooling became impossible. Dr. Muñoz summoned me by thumping on the floor, and I worked desperately to repair the injury while my host cursed in a tone whose lifeless, rattling hollowness surpassed description. My amateur efforts, however, proved of no use; and when I had brought in a mechanic from a neighbouring all-night garage, we learned that nothing could be done till morning, when a new piston would have to be obtained. The moribund hermit's rage and fear, swelling to grotesque proportions, seemed likely to shatter what remained of his failing physique, and once a spasm caused him to clap his hands to his eyes and rush into the bathroom. He groped his way out with face tightly bandaged, and I never saw his eyes again.

The frigidity of the apartment was now sensibly diminishing, and at about 5 a.m. the doctor retired to the bathroom, commanding me to keep him supplied with all the ice I could obtain at all-night drug stores and cafeterias. As I would return from my sometimes discouraging trips and lay my spoils before the closed bathroom door, I could hear a restless splashing within, and a thick voice croaking out the order for "More--more!" At length a warm day broke, and the shops opened one by one. I asked Esteban either to help with the ice-fetching whilst I obtained the pump piston, or to order the piston while I continued with the ice; but instructed by his mother, he absolutely refused.

Finally I hired a seedy-looking loafer whom I encountered on the corner of Eighth Avenue to keep the patient supplied with ice from a little shop where I introduced him, and applied myself diligently to the task of finding a pump piston and engaging workmen competent to install it. The task seemed interminable, and I raged almost as violently as the hermit when I saw the hours slipping by in a breathless, foodless round of vain telephoning, and a hectic quest from place to place, hither and thither by subway and surface car. About noon I encountered a suitable supply house far downtown, and at approximately 1:30 p.m. arrived at my boarding-place with the necessary paraphernalia and two sturdy and intelligent mechanics. I had done all I could, and hoped I was in time.

Black terror, however, had preceded me. The house was in utter turmoil, and above the chatter of awed voices I heard a man praying in a deep basso. Fiendish things were in the air, and lodgers told over the beads of their rosaries as they caught the odour from beneath the doctor's closed door. The lounger I had hired, it seems, had fled screaming and mad-eyed not long after his second delivery of ice; perhaps as a result of excessive curiosity. He could not, of course, have locked the door behind him; yet it was now fastened, presumably from the inside. There was no sound within save a nameless sort of slow, thick dripping.

Briefly consulting with Mrs. Herrero and the workmen despite a fear that gnawed my inmost soul, I advised the breaking down of the door; but the landlady found a way to turn the key from the outside with some wire device. We had previously opened the doors of all the other rooms on that hall, and flung all the windows to the very top. Now, noses protected by handkerchiefs, we tremblingly invaded the accursed south room which blazed with the warm sun of early afternoon.

A kind of dark, slimy trail led from the open bathroom door to the hall door, and thence to the desk, where a terrible little pool had accumulated. Something was scrawled there in pencil in an awful, blind hand on a piece of paper hideously smeared as though by the very claws that traced the hurried last words. Then the trail led to the couch and ended unutterably.

What was, or had been, on the couch I cannot and dare not say here. But this is what I shiveringly puzzled out on the stickily smeared paper before I drew a match and burned it to a crisp; what I puzzled out in terror as the landlady and two mechanics rushed frantically from that hellish place to babble their incoherent stories at the nearest police station. The nauseous words seemed well-nigh incredible in that yellow sunlight, with the clatter of cars and motor trucks ascending clamorously from crowded Fourteenth Street, yet I confess that I believed them then. Whether I believe them now I honestly do not know. There are things about which it is better not to speculate, and all that I can say is that I hate the smell of ammonia, and grow faint at a draught of unusually cool air.

"The end," ran that noisome scrawl, "is here. No more ice -the man looked and ran away. Warmer every minute, and the tissues can't last. I fancy you know -what I said about the will and the nerves and the preserved body after the organs ceased to work. It was good theory, but couldn't keep up indefinitely. There was a gradual deterioration I had not foreseen. Dr. Torres knew, but the shock killed him. He couldn't stand what he had to do -he had to get me in a strange, dark place when he minded my letter and nursed me back. And the organs never would work again. It had to be done my way -preservation -for you see I died that time eighteen years ago."




Prosa - Prose: Howard Phillip Lovecraft - Aire Frio - Cool air - Completo - Complete - Bio links

  1. Howard Phillips Lovecraft - Wikipedia, la enciclopedia libre

    es.wikipedia.org/wiki/Howard_Phillips_Lovecraft
    Howard Phillips Lovecraft (Providence, Estados Unidos, 20 de agosto de 1890 – ibídem, 15 de marzo de 1937) fue un escritor estadounidense, autor de ...
  2. H. P. Lovecraft - Wikipedia, the free encyclopedia

    en.wikipedia.org/wiki/H._P._Lovecraft -
    Howard Phillips Lovecraft (August 20, 1890 – March 15, 1937) — known as H. P. Lovecraft — was an American author of horror, fantasy and science fiction, ...
     
     
     
     
     




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Comments (1)

Un relato interesante por el énfasis que hace Lovecraft en la posibilidad de alargar la vida tras el deceso inevitable.

No es de las obras más notables del autor, pero se sale de los "tentaculos y alaridos" al uso, por lo que sigue siendo una lectura recomendable.

Cordiales saludos.

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