Filosofia: Cioran - El Inconveniente de Haber Nacido - Parte 12 - (De l'inconvenient d'etre ne - 1973)

Posted by ricardo marcenaro | Posted in | Posted on 23:34






 Tertuliano nos enseña que, para curarse, los epilépticos iban a «chupar con avidez la sangre de los criminales degollados en la arena.» Si yo escuchara la voz de mi instinto, esa sería la única forma de terapia que adoptaría para cualquier enfermedad.

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 ¿Tenemos derecho de enfadarnos contra quien nos considera un monstruo? El monstruo por definición está solo, y la soledad, incluso la de la infamia, supone algo de positivo, una elección un tanto especial, pero elección indudablemente.

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 Dos enemigos es un mismo hombre dividido.

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 «No juzgues a nadie sin antes haberte puesto en su lugar.»
 Este viejo proverbio invalida cualquier juicio, pues sólo juzgamos a alguien porque, justamente, no podemos ponernos en su lugar.

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 Quien ama su independencia debe estar dispuesto, para salvaguardarla, a cualquier infamia, a la ignominia inclusive.

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 Nada tan abominable como el crítico y, con mayor razón, el filósofo que todos llevamos dentro: si yo fuera poeta reaccionaría como Dylan Thomas quien, cuando comentaban en su presencia sus poemas, se dejaba caer al suelo en medio de convulsiones.

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 Todos los que se agitan cometen injusticia tras injusticia, sin sentir el menor remordimiento. Sólo mal humor. El remordimiento está reservado a quienes no actúan ni pueden actuar. Es su subtítulo de la acción, les consuela de su ineficacia.

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 La mayor parte de nuestros sinsabores viene de nuestros primeros movimientos. El menor impulso se paga más caro que un crimen.

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 Como sólo recordamos con precisión los malos ratos, los enfermos, los perseguidos, las víctimas de todo género han vivido en fin de cuentas, con el máximo provecho. Los otros, los afortunados, tienen una vida, es cierto, pero no el recuerdo de una vida.

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 Es fastidioso quien no está dispuesto a impresionar. El vanidoso es casi siempre irritante, pero se gasta, hace un esfuerzo: es un pesado que no querría serlo, y se le agradece: termina por ser soportable y hasta por ser solicitado. En cambio, uno palidece de rabia ante aquel que no intenta causar ningún efecto. ¿Qué decirle y qué esperar de él? Hay que conservar alguno de los rasgos del mono o quedarse en casa.

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 No es el temor de emprender algo, sino el temor de conseguirlo lo que explica más de un fracaso.

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 Me gustaría una plegaria con palabras puñal. Por desgracia, en cuanto se pone uno a rezar hay que hacerlo como todo el mundo. Ahí reside una de las mayores dificultades de la fe.

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 El futuro sólo se vuelve temible en cuanto uno no está seguro de poder matarse en el momento deseado.

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 Ni Bossuet, ni Malebranche, ni Fénelon se dignaron hablar de las Pensées. Por lo visto, Pascal no les parecía lo suficientemente serio.

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 El antídoto del aburrimiento es el miedo. Es menester que el remedio sea más fuerte que el mal.

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 ¡Si pudiera elevarme al nivel de lo que hubiera querido ser! Pero no sé qué fuerza que crece con los años me empuja hacia abajo. Incluso para remontarme a mi superficie tengo que utilizar estratagemas en las que no puedo pensar sin ruborizarme.

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 Hubo un tiempo en que cada vez que sufría una afrenta, para alejar de mí cualquier asomo de venganza, me imaginaba bien tranquilo en mi tumba. Y en seguida me ablandaba. No desdeñemos tanto nuestro cadáver: puede sernos útil a veces.

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 Todo pensamiento deriva de una sensación contrariada.

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 La única manera de alcanzar al Otro en profundidad, es ir hacia lo que hay de más profundo en nosotros mismos. En otros términos, es seguir el camino contrario al que toman los espíritus llamados «generosos».

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 Y no poder decir como ese rabino hasideo: «La bendición de mi vida es que nunca he tenido necesidad de nada hasta haberlo poseído.»

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 La Naturaleza cometió algo más que un error de cálculo permitiendo al hombre: cometió un atentado contra sí misma.

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 El temor le vuelve a uno consciente: el temor mórbido, no el natural. De otra forma, los animales habrían alcanzado un grado de conciencia superior al nuestro.

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 Como orangután propiamente dicho, el hombre es viejo; como orangután histórico; es relativamente reciente: un advenedizo que no tuvo tiempo de aprender cómo comportarse en la vida.

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 Después de ciertas experiencias deberíamos cambiar de nombre, puesto que ya no somos el mismo. Todo adquiere un aspecto distinto, empezando por la muerte. Parece próxima y deseable, nos reconciliamos con ella y llegamos a considerarla «la mejor amiga del hombre», como la llama Mozart en una carta a su padre moribundo.

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 Hay que sufrir hasta el final, hasta el momento en que se deja de creer en el sufrimiento.

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 «La verdad permanece oculta para aquel que está lleno de deseo y de odio.» (Buda.)
 ... Es decir para todo ser viviente.

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 Atraído por la soledad permanece, no obstante, en el mundo: un estilita sin columna.

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 «Comete usted un error al creer en mí.» ¿Quién podría hablar así? Dios y el Fracasado.

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 Todo lo que llevamos a cabo, todo lo que sale de nosotros, aspira a olvidar sus orígenes, y sólo lo consigue poniéndose en contra nuestra. De ahí el signo negativo que marca todos nuestros éxitos.

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 No es posible decir nada de nada. Por ello es ilimitada la cantidad de libros.

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 El fracaso, incluso reiterado, parece siempre nuevo; mientras que el éxito, al multiplicarse, pierde todo interés, todo atractivo. No es la desgracia, sino la felicidad insolente, la que conduce al tono agrio y al sarcasmo.

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 «Un enemigo es tan útil como un Buda.» Es cierto. Porque nuestro enemigo nos vigila, impide que nos abandonemos. Al señalar, al divulgar el menor de nuestros desfallecimientos, nos conduce en línea recta hacia nuestra salvación, pone en juego todo para que no seamos indignos de la idea que se ha hecho de nosotros. Así, nuestra gratitud hacia él no debería tener límites.

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 Nos recuperamos y nos apegamos más al ser cuanto más hemos reaccionado contra los libros negativos y disolventes, contra su fuerza nociva. Libros reconfortantes en suma, puesto que suscitan la energía que los niega. Cuanto más veneno contienen, más saludable es el efecto que produce, a condición de que se les lea a contracorriente, tal como debería leerse cualquier libro, empezando por el catecismo.

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 El mayor servicio que se le puede brindar a un escritor es prohibirle trabajar durante un cierto tiempo. Serían necesarias tiranías de corta duración que le impidieran cualquier actividad intelectual. La libertad de expresión sin ninguna interrupción expone al talento a un peligro mortal, le obliga a gastarse más allá de sus recursos y le impide acumular sensaciones y experiencias. La libertad sin límites es un atentado contra el espíritu.

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 La autocompasión es menos estéril de lo que se piensa. En cuanto alguien tiene el más leve acceso a ella, adopta una actitud de pensador, y, maravilla de maravillas, llega a pensar.

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 La máxima estoica según la cual debemos plegarnos sin chistar a las cosas que no dependen de nosotros, sólo toma en cuenta las desgracias exteriores que escapan a nuestra voluntad. ¿Pero cómo conformarnos con aquellas que vienen de nosotros mismos? Si somos la fuente de nuestros males, ¿a quién culpar?, ¿a nosotros mismos? Felizmente nos las arreglamos para olvidar que somos los verdaderos culpables, y, por otra parte, la existencia sólo es tolerable si renovamos cada día esa mentira y ese olvido.






Desgarradura:



El Inconveniente de Haber Nacido:



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