Pensamiento: Umberto Eco - Apostillas a El nombre de la rosa - Parte 3 - Evidentemente. el medioevo - Links

Posted by ricardo marcenaro | Posted in | Posted on 16:43




EVIDENTEMENTE, EL MEDIOEVO

Escribí una novela porque tuve ganas. Creo que es una razón suficiente para ponerse a contar. El hombre es por naturaleza un animal fabulador. Empecé a escribir en marzo de 1978, impulsado por una idea seminal. Tenía ganas de envenenar a un monje. Creo que las novelas nacen de una idea de ese tipo y que el resto es pulpa que se añade al andar. La idea debía de ser anterior. Más tarde encontré un cuaderno de 1975 con una lista de monjes que vivían en un convento sobre el que no constaban detalles. Nada más. Al comienzo me puse a leer el Traité des poisons de Orfila, que veinte años atrás junto al Sena le había comprado a un bouquiniste por pura fidelidad huysmaniana (Lá-bas). Como ninguno de los venenos me satisfacía, le pedí a un amigo biólogo que me indicase un fármaco que tuviera determinadas propiedades (que fuese absorbible por la piel al manipular algún objeto). Destruí en seguida la carta en que me respondía que no conocía veneno alguno que tuviese esas características, porque, leídos en otro contexto, ese tipo de documentos pueden llevarnos a la horca.

Al comienzo, mis monjes tenían que vivir en un convento contemporáneo (pensaba en un monje detective que leía Il Manifesto). Pero como un convento, o una abadía, aún viven de muchos recuerdos medievales, me puse a rebuscar en mis archivos de medievalista en hibernación (un libro sobre la estética medieval en 1956, otras cien páginas sobre el mismo tema en 1969, algún ensayo por el camino, varios retornos a la tradición medieval en 1962 -para preparar mi estudio sobre Joyce- y luego, en 1972, el extenso trabajo sobre el Apocalipsis y las miniaturas del comentario de Beato de Liébana: o sea que el Medioevo estaba bien ejercitado). Me encontré con un vasto material (fichas, fotocopias, cuadernos) que se había ido acumulando desde 1952, y que estaba destinado a otros fines muy poco definidos: una historia de los monstruos, un análisis de las enciclopedias medievales, una teoría del catálogo... En determinado momento me dije que, puesto que el Medioevo era mi imaginario cotidiano, más valía escribir una novela que se desarrollase directamente en ese Medioevo. Como dije en alguna entrevista, el presente sólo lo conozco a través. de la pantalla de la televisión, pero del Medioevo, en cambio, tengo un conocimiento directo. Cuando encendíamos una hoguera en el prado, mi mujer me acusaba de no saber mirar las chispas que se elevaban entre los árboles y volaban a lo largo de los cables de la electricidad. Cuando luego leyó el capítulo sobre el incendio, dijo: «¡Pero entonces sí mirabas las chispas!» Y yo respondí: «No, pero sabía cómo las hubiera visto un monje medieval.»

Hace diez años, en una carta al editor Franco Maria Ricci, que añadí a mi
comentario al comentario del Apocalipsis de Beato de Liébana, confesaba: «Por más vueltas que le dé, debo decir que nací a la investigación atravesando bosques simbólicos donde habitaban unicornios y grifones, y comparando las estructuras pinaculares y cuadradas de las catedrales con las puntas de malicia exegética ocultas en las tetragonales fórmulas de las Summulae, deambulando entre el Vico degli Strami1 y las naves cistercienses, conversando afablemente con cultos y fastuosos monjes cluniacenses, vigilado por un Aquinate gordinflón y racionalista, tentado por un Honorio Augustoduniense, por sus fantásticas geografías en las que al mismo tiempo se explicaba quare in pueritia coitus non contingat, cómo llegar a la Isla Perdida y cómo atrapar un basilisco con la sola ayuda de un espejuelo de bolsillo y de una fe inconmovible en el Bestiario.»
 


Columna central del portal de la iglesia abacial de Moissac

«¿Qué representaban y qué mensaje simbólico comunicaban aquellas tres parejas de leones entrelazados en forma de cruz dispuesta transversalmente, rampantes y arqueados, las zarpas
posteriores afirmadas en el suelo y las anteriores apoyadas en el lomo del compañero?» (Adso de Melk en El nombre de la rosa, p. 57)



Ese gusto y esa pasión nunca me abandonaron, aunque más tarde, por razones morales y materiales (el oficio de medievalista suele exigir considerables riquezas y la posibilidad de vagar por lejanas bibliotecas microfilmando manuscritos imposibles de encontrar), haya recorrido otros caminos. Así, el Medioevo siguió siendo, si no mi oficio, mi afición, y mi tentación permanente, y lo veo por doquier, en transparencia, en las cosas de que me ocupo, que no parecen medievales pero lo son.

Secretas vacaciones dedicadas a pasear bajo las bóvedas de Autun, donde el abate Grivot escribe, hoy, manuales sobre el Diablo con encuadernaciones impregnadas de azufre, éxtasis campestres en Moissac y en Conques, deslumbrado por los Venerables Ancianos del Apocalipsis o por los diablos que arrojan las almas de los condenados a enormes calderos humeantes; y, al mismo tiempo, estimulantes lecturas del monje iluminista Beda, la búsqueda en Occam del auxilio racional para penetrar los misterios del Signo en aquellos aspectos donde Saussure aún es oscuro. Y así sucesivamente, nostalgia constante de la Peregrinatio Sancti Brandani, verificación de nuestra interpretación del Libro de Kells, nueva visita a Borges en los kenningars celtas, verificación en los diarios del obispo Suger de las relaciones entre el poder y las masas obedientes...

1 Divina Comedia, Paraíso X, 137: la rue du Fouarre, en París, donde estaban las escuelas de filosofía.



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