Filosofia: Cioran - El Inconveniente de Haber Nacido - Parte 10 - (De l'inconvenient d'etre ne - 1973)

Posted by ricardo marcenaro | Posted in | Posted on 21:06



 Aquel que teme al ridículo no irá nunca muy lejos ni para bien ni para mal; permanecerá más acá de sus talentos, y, aunque tenga genio, estará condenado a la mediocridad.

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 «En medio de vuestras más intensas actividades, deteneos un momento para 'contemplar' vuestro espíritu». Esta recomendación no se dirige, por supuesto, a aquellos que «contemplan» su espíritu día y noche y que, por ello, no tienen que suspender ni un instante sus actividades, dado que no desarrollan ninguna.

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 No permanece sino lo que ha sido concebido en la soledad, de cara a Dios, se sea o no creyente.

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 La pasión por la música es en sí misma una confesión. Sabemos más de un desconocido que la tiene que de alguien insensible a ella y que frecuentamos a diario.

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 No hay meditación sin una inclinación hacia la machaconería.

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 Mientras el hombre iba a remolque de Dios, avanzaba lentamente, tan lentamente que ni siquiera se daba cuenta. Desde que no vive a la sombra de nadie, se apresura, se desconsuela, y daría cualquier cosa por encontrar su antigua cadencia.

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 Perdimos al nacer lo mismo que perderemos al morir. Todo.

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 Saciedad: no bien acabo de pronunciar esa palabra y ya no sé a propósito de qué, de tal manera puede aplicarse a todo lo que siento y pienso, a todo lo que amo y detesto, a la misma saciedad.

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 No he asesinado a nadie, he hecho algo mejor: he matado a lo Posible, y, al igual que Macbeth, lo que más necesito es rezar, pero, como él, no puedo decir Amen.


 IV

 Distribuir golpes que no alcanzan a nadie, atacar a todo el mundo sin que nadie se dé cuenta, lanzar flechas cuyo veneno sólo es recibido por uno mismo.

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 Fulano, a quien siempre he tratado muy mal, no me guarda rencor porque no se lo guarda a nadie. Perdona todas las injurias, no recuerda ninguna. ¡Cómo lo envidio! Para igualarlo tendría que recorrer varias existencias y agotar todas mis posibilidades de trasmigración.

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 En los tiempos en que durante meses viajaba en bicicleta a través de Francia, mi mayor placer era detenerme en los cementerios rurales, tenderme entre dos tumbas y fumar durante horas. La considero la época más activa de mi vida.

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 ¿Cómo dominarse, cómo ser dueño de uno mismo cuando se viene de un país donde se ruge en los entierros?

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 Algunas mañanas, cuando apenas he puesto el pie fuera, escucho voces que me llaman por mi nombre. ¿Soy verdaderamente yo? ¿Es ése mi nombre? Lo es, en efecto, llena el espacio, está en labios de los transeúntes. Todos lo articulan, incluso aquella mujer tras la ventana en ésa oficina de correos.
 Las vigilias devoran nuestros últimos restos de sentido común y de modestia, y nos harían perder la razón si el temor al ridículo no viniese a salvarnos.

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 Mi curiosidad y mi repulsión, y también mi terror, ante su mirada de aceite y metal, ante su obsequiosidad, su astucia sin disfraz, su hipocresía curiosamente no velada, sus continuos y evidentes disimulos; ante esa mezcla de canalla y de loco. Impostura e infamia a plena luz. Su falta de sinceridad es perceptible en todos sus gestos, en todas sus palabras. El término no es exacto, pues falta de sinceridad es ocultar la verdad, es conocerla y en él no existe la menor huella, la menor idea, el mínimo asomo de verdad, ni tampoco de mentira, nada sino una aspereza inmunda, una demencia interesada...

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 Hacia la media noche una mujer bañada en llanto me aborda en plena calle: «Se han cargado a mi marido, Francia es un asco, afortunadamente soy bretona, me han quitado a mis hijos, me han drogado durante seis meses...»
 De inmediato no me di cuenta de que estaba loca, pues su dolor parecía real (y, en cierto sentido, lo era), y así la dejé monologar durante una media hora: hablar le sentaba bien. Luego la dejé diciéndome que la diferencia entre ella y yo sería bien poca si, a mi vez, me pusiera a soltar mis sermones al primero que se me pusiera delante.

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 Un profesor de un país del este de Europa me cuenta que su madre, una campesina, se sorprendió mucho cuando supo que él padecía de insomnio. Ella, cuando no podía dormir, sólo tenía que imaginarse un vasto campo de trigo ondulado por el viento y de inmediato se dormía.
 No es la imagen de una ciudad la que produciría este resultado. Es inexplicable, milagroso, que un hombre de ciudad llegue a pegar el ojo.
 



  El cafetín es frecuentado por los ancianos del asilo de las afueras del pueblo. Están ahí, con un vaso entre las manos y se miran sin hablar. Uno de ellos se pone a relatar algo que quiere ser gracioso. Nadie le escucha, en todo caso nadie se ríe. Todos se han afanado durante años para llegar a esto. Antaño, en el campo, se les hubiera ahogado con una almohada. Sabia fórmula perfeccionada por cada familia e incomparablemente más humana que la de juntarlos, recluirlos, para librarlos del aburrimiento por medio de la atonía.

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 Si hemos de creer a la Biblia, fue Caín quien fundó la primera ciudad para, según el comentario de Bossuet, tener donde aturdir sus remordimientos.
 ¡Vaya idea! Y cuántas veces no habré sentido yo mismo su exactitud durante mis vagabundeos nocturnos.

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 Una noche, al subir las escaleras, en plena oscuridad, fui detenido por una fuerza invencible surgida de dentro y de fuera. Incapaz de dar un paso más, me quedé parado, petrificado. Imposibilitado, esta palabra tan común vino, más a punto que nunca, a darme luz sobre mí mismo y sobre ella; muchas veces me había ayudado, pero nunca como en ese momento. Comprendí de una vez por todas lo que quería decir...

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 Una vieja camarera, sin detenerse cuando le lanzo un: «¿Cómo va?», me responde: «Vamos marchando.» Esta respuesta banal me conmueve hasta las lágrimas.
 Las frases que se refieren al devenir, al pasaje, a la marcha, cuanto más gastadas están, suelen adquirir el cariz de una revelación. Sin embargo, la verdad es que no crean un estado excepcional, sino que uno ya se encontraba en él sin saberlo y era necesario una señal o un pretexto para que lo extraordinario ocurriera..

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 Vivíamos en el campo, yo iba a la escuela, y, detalle importante, dormía en la misma habitación que mis padres. Por la noche, mi padre acostumbraba a leerle en voz alta a mi madre. Aunque era presbítero leía de todo, pensando, sin duda, que, dada mi edad, no estaba en situación de comprender. Por lo general yo no escuchaba y me dormía, salvo si se trataba de un relato apasionante. Una noche agucé el oído. Se trataba, en una biografía de Rasputín, de la escena en que el padre, en su lecho de muerte, llama a su hijo para decirle: «Ve a San Petersburgo, aduéñate de la ciudad, no te detengas ante nada y no le temas a nadie, pues Dios es un viejo cerdo.»
 Tamaña enormidad en boca de mi padre, para quien el sacerdocio no era una broma, me impresionó tanto como un incendio o un terremoto. Pero también recuerdo con claridad  y de ello hace ya cincuenta años , que a mi emoción siguió un extraño placer que no me atrevo a llamar perverso.

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 Habiendo profundizado suficientemente, en el curso de los años, en dos o tres religiones, he retrocedido siempre, en el umbral de la «conversión», por miedo a mentirme a mí mismo. A mi juicio ninguna de ellas era lo bastante libre como para admitir que la venganza es una necesidad, la más intensa y la más profunda que existe, y que todos tienen que satisfacerla, aunque sea por medio de la palabra. Si uno la ahoga, se expone a graves trastornos. Más de un desequilibrio  si no todo desequilibrio  procede de una venganza que se ha diferido demasiado tiempo. ¡Sepamos estallar! Cualquier malestar es mucho más sano que aquel que suscita un furor acumulado.

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 Filosofía en la Morgue. «Mi sobrino, claro, no tuvo éxito; si lo hubiera tenido, su fin habría sido otro.» Usted sabe, señora, respondí a la gruesa matrona, que se tenga o no éxito da lo mismo. «Tiene usted razón», me respondió después de pensarlo algunos minutos. Esa conformidad tan inesperada por parte de tal mujer me conmovió casi tanto como la muerte de mi amigo.

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 Los tarados... Me parece que su aventura, mejor que cualquiera otra, arroja luz sobre el futuro, que sólo ellos permiten entreverlo y descifrarlo, y que, hacer abstracción de sus logros es incapacitarse definitivamente para describir los días venideros.

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  Lástima, me decía usted, que N. no haya hecho nada.
 -¿Qué importa! Existe. Si hubiera escrito libros, si hubiera tenido la desgracia de «realizarse», no estaríamos hablando de él desde hace una hora. La ventaja de ser alguien es más rara que la de producir. Producir es fácil; lo difícil es no querer hacer uso de las propias dotes.

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 Están filmando: la misma escena se vuelve a empezar varias veces. Un transeúnte, seguramente provinciano, no sale de su asombro: «Después de esto, nunca más iré al cine.»
 Se podría reaccionar de la misma manera frente a cualquier cosa cuyo secreto se haya penetrado. Sin embargo, por una obnubilación prodigiosa, los ginecólogos se encaprichan con sus clientes, los sepultureros engendran niños, los incurables hacen abundantes proyectos, los escépticos escriben...

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 T., hijo de rabino, se queja de que esta época de persecuciones sin precedente no haya visto nacer ninguna plegaria original susceptible de ser adoptada por la comunidad y dicha en las sinagogas. Yo le aseguro que hace mal en afligirse o alarmarse: los grandes desastres no dan nada, ni en el terreno literario ni en el religioso. Sólo las desgracias a medias son fecundas, porque pueden ser, porque son un punto de partida, mientras que un infierno demasiado perfecto es casi tan estéril como el paraíso.





 Tenía yo veinte años. Todo me abrumaba. Un día caí sobre un sillón diciendo: «no puedo más».
 Mi madre, enloquecida ya por mis noches en blanco, me anunció que acababa de hacer decir una misa por mi «descanso». No una, sino treinta mil, me hubiera gustado gritar, pensando en la cifra, inscrita por Carlos V en su testamento, aunque, ciertamente, por un descanso mucho más largo.

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 Lo vi par casualidad después de un cuarto de siglo. Estaba igual, intacto, más fresco que nunca, parecía incluso que hubiese vuelto a la adolescencia.
 ¿Dónde se agazapó y qué maquinó para sustraerse a la acción le los años, para esquivar las muecas y las arrugas? ¿Y cómo ha vivido, si es que ha vivido? Como un fantasma. Seguramente ha hecho trampas, no ha cumplido con su papel de ser viviente, no ha jugado el juego. Sí, un fantasma, y un estafador. No discierno ningún signo de destrucción en su rostro, ninguna de esas marcas que prueban que se trata de un ser real, de un individuo y no de una aparición. No sé qué decirle, me siento incómodo. Incluso tengo miedo. Así nos desconcierta quien escapa al tiempo, o simplemente lo escamotea.

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 D. C., que en su pueblo, en Rumania, escribía sus recuerdos de infancia, le dijo a su vecino, un campesino llamado Coman, que no le olvidaría. Al día siguiente, muy temprano, vino a verle el campesino: «Yo sé que no valgo nada, pero, ¡caray!, no creí haber caído tan bajo como para que se hablara de mí en un libro.»
 ¡Cuán superior era el mundo oral! Los seres (y debería decir los pueblos) se mantienen en la verdad mientras les dura el horror por lo escrito. En cuanto se contagian de su prejuicio, entran en lo falso, pierden sus antiguas supersticiones para adquirir una nueva, peor que todas las otras juntas.

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 Incapaz de levantarme, atado al lecho, me dejo llevar por los caprichos de la memoria, y me veo vagabundeando, niño, en los Cárpatos. Un día me encontré con un perro cuyo dueño, sin duda para deshacerse de él, lo había amarrado a un árbol. Estaba transparente de delgadez y tan vacío de vida que apenas si tuvo fuerzas para mirarme sin moverse. Sin embargo, estaba de pie, él...

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 Un desconocido me cuenta que ha matado a no sé quién. No lo busca la policía porque nadie sospecha de él. Sólo yo sé que es el asesino. ¿Qué hacer? No tengo ni la audacia ni la deslealtad (pues me ha confiado un secreto, ¡y vaya secreto!) de ir a denunciarlo. Me siento su cómplice y me resigno a ser detenido y castigado como tal. Al mismo tiempo me digo que esa es una tontería. Quizá de todas formas lo denuncie. Y así hasta que despierto.

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 Lo interminable es la especialidad de los indecisos. No pueden resolver nada en la vida, y mucho menos en sus sueños, donde perpetúan sus vacilaciones, sus cobardías, sus escrúpulos. Son idealmente aptos para la pesadilla.




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